Monday, November 13, 2006
Kiwi!
En cierto modo, un último sueño de Sísifo.
En cierto modo, un último sueño de Sísifo.
Kiwi
Thursday, December 02, 2004

¿Lo retiro? -preguntó, como preguntan los mozos de los lugares venidos a menos, sin ninguna intención de guardar las formas.

La estafa
Por Nicolás Sabuncuyán
De pronto, como si se hubieran puesto de acuerdo, tomaron sus maletines y se fueron. No había nada más que decir. La estafa había llegado a su exitoso fin, me habían dejado sin un peso. En realidad me quedaban algunos ahorros pero eso no atenuaba mi desesperación. Lo peor de una estafa es que la víctima termina siendo el responsable por ser un estúpido y no darse cuenta a tiempo.
Unas semanas después, la panera de un restaurante venido a menos me recordó un episodio de mi infancia. Mi padre me había pedido que lo ayudara en el trabajo, aunque en realidad no necesitaba un ayudante de cinco años. Como recompensa por mi conducta me invitó a almorzar. La encargada del lugar puso en mi plato la milanesa más grande que había visto en mi vida. Mi padre, como de costumbre, desarmó la mitad en unos cuantos polígonos irregulares. Habiendo llegado a mi límite natural, rechacé el resto de la milanesa. La encargada prometió guardarla para otra vez. En el momento no lo entendí como una broma, me parecía más que razonable guardar las sobras.
Al salir del lugar hostigué a mi padre con preguntas, quería saber cuándo volveríamos a ese lugar. Cuando la paciencia llegó a su límite natural me confesó que no volveríamos, al menos pronto, y que el destino de la media milanesa no sería el que yo esperaba, probablemente la tirarían a la basura. Me sentí estafado, por la encargada y por él: ¿por qué no me lo había dicho la primera vez que se lo había preguntado? Además, mi escala de valores se derrumbó: ¿qué había pasado con eso de que “la comida no se tira”? La moral se desvanecía del mundo como una nube de vapor.
Pero estos estafadores eran bien distintos a la encargada y a mi padre. Sus intenciones nunca habían sido divertirse o tratar de ocultarme alguna arista de la verdad de la vida. Sólo querían mi dinero, lo obtuvieron y se fueron, sin dejarme nada a cambio. En mi plato quedaba medio bife. Como aquella media milanesa que no comí y fue tan reveladora como el fruto prohibido. La comida que sobraba se tiraba. Lo más curioso era que mi papá la había pagado como si me la hubiera comido entera. Entonces pagaba por basura. ¿Por qué se quejaba cuando dejaba los pirulines por la mitad, y me lo recordaba cada vez que pedía uno? En esas cosas pensaba mientras mis ojitos se llenaban de lágrimas, las lágrimas de la verdad. La verdad que duele como la panza que me duele por la estafa y por la media milanesa que sí comí, menos mal que no me comí la otra mitad, habría muerto en la ignorancia.
Llamé al mozo y le pedí la cuenta. Miró de reojo mi plato:
―¿Lo retiro? ―preguntó como preguntan los mozos de los lugares venidos a menos, sin ninguna intención de guardar las formas.
―Guárdelo para la próxima.
El hombre sonrió y puso el plato en la bandeja. La luz había cambiado, habían encendido otro tubo, que se llenó inmediatamente de insectos. Los polígonos de milanesa me los había comido todos, como un hombre, había cumplido mi parte del pacto habitual, no había estropeado lo que no iba a comer. Y sin embargo…
De pronto, como si se hubieran puesto de acuerdo, tomaron sus maletines y se fueron. No había nada más que decir. La estafa había llegado a su exitoso fin, me habían dejado sin un peso. En realidad me quedaban algunos ahorros pero eso no atenuaba mi desesperación. Lo peor de una estafa es que la víctima termina siendo el responsable por ser un estúpido y no darse cuenta a tiempo.
Unas semanas después, la panera de un restaurante venido a menos me recordó un episodio de mi infancia. Mi padre me había pedido que lo ayudara en el trabajo, aunque en realidad no necesitaba un ayudante de cinco años. Como recompensa por mi conducta me invitó a almorzar. La encargada del lugar puso en mi plato la milanesa más grande que había visto en mi vida. Mi padre, como de costumbre, desarmó la mitad en unos cuantos polígonos irregulares. Habiendo llegado a mi límite natural, rechacé el resto de la milanesa. La encargada prometió guardarla para otra vez. En el momento no lo entendí como una broma, me parecía más que razonable guardar las sobras.
Al salir del lugar hostigué a mi padre con preguntas, quería saber cuándo volveríamos a ese lugar. Cuando la paciencia llegó a su límite natural me confesó que no volveríamos, al menos pronto, y que el destino de la media milanesa no sería el que yo esperaba, probablemente la tirarían a la basura. Me sentí estafado, por la encargada y por él: ¿por qué no me lo había dicho la primera vez que se lo había preguntado? Además, mi escala de valores se derrumbó: ¿qué había pasado con eso de que “la comida no se tira”? La moral se desvanecía del mundo como una nube de vapor.
Pero estos estafadores eran bien distintos a la encargada y a mi padre. Sus intenciones nunca habían sido divertirse o tratar de ocultarme alguna arista de la verdad de la vida. Sólo querían mi dinero, lo obtuvieron y se fueron, sin dejarme nada a cambio. En mi plato quedaba medio bife. Como aquella media milanesa que no comí y fue tan reveladora como el fruto prohibido. La comida que sobraba se tiraba. Lo más curioso era que mi papá la había pagado como si me la hubiera comido entera. Entonces pagaba por basura. ¿Por qué se quejaba cuando dejaba los pirulines por la mitad, y me lo recordaba cada vez que pedía uno? En esas cosas pensaba mientras mis ojitos se llenaban de lágrimas, las lágrimas de la verdad. La verdad que duele como la panza que me duele por la estafa y por la media milanesa que sí comí, menos mal que no me comí la otra mitad, habría muerto en la ignorancia.
Llamé al mozo y le pedí la cuenta. Miró de reojo mi plato:
―¿Lo retiro? ―preguntó como preguntan los mozos de los lugares venidos a menos, sin ninguna intención de guardar las formas.
―Guárdelo para la próxima.
El hombre sonrió y puso el plato en la bandeja. La luz había cambiado, habían encendido otro tubo, que se llenó inmediatamente de insectos. Los polígonos de milanesa me los había comido todos, como un hombre, había cumplido mi parte del pacto habitual, no había estropeado lo que no iba a comer. Y sin embargo…
La medusa
Por Ana Fouroulis
Ella era azul, tenía la ligereza de un cometa y sus filamentos relucían al ser iluminados por el sol del atardecer que se filtraba en el agua: brillantina que se convertía en más brillantina y dejaba una estela tras de sí. Así la soñaba yo, día tras día.
Hubiera deseado en cada sueño enredarme en sus tentáculos urticantes, hundirme en lo profundo de su gelatina espesa e introducirme en su boca ávida para ser devorado, no había visto nunca algo tan bello.
Era imposible resistir a sus encantos y cada noche me sumergía más tiempo en aquel mundo nuevo y hostil para volver al mío cuando llegaba la mañana. Durante la vigilia, lo único que deseaba era volver a verla. Aquella noche sería diferente, lo había decidido: quería gozarla para siempre y sin pausas. Cuando la vi aparecer, trémulo y ansioso, y la tomé entre mis manos, ella abrió enorme su boca y se metió en mi boca.
Ella era azul, tenía la ligereza de un cometa y sus filamentos relucían al ser iluminados por el sol del atardecer que se filtraba en el agua: brillantina que se convertía en más brillantina y dejaba una estela tras de sí. Así la soñaba yo, día tras día.
Hubiera deseado en cada sueño enredarme en sus tentáculos urticantes, hundirme en lo profundo de su gelatina espesa e introducirme en su boca ávida para ser devorado, no había visto nunca algo tan bello.
Era imposible resistir a sus encantos y cada noche me sumergía más tiempo en aquel mundo nuevo y hostil para volver al mío cuando llegaba la mañana. Durante la vigilia, lo único que deseaba era volver a verla. Aquella noche sería diferente, lo había decidido: quería gozarla para siempre y sin pausas. Cuando la vi aparecer, trémulo y ansioso, y la tomé entre mis manos, ella abrió enorme su boca y se metió en mi boca.

También había metido una botella de cerveza junto con el champagne, que no resistió la presión y explotó.

Mi verdulero místico
Por Catalina Llambías
Estaba en la esquina pintada de verde cotorra. Era mi verdulería, porque además de comprar las cosas en aquel lugar, obligadamente pasaba todas las mañanas con mis pantuflas cuando iba a comprar el diario. Su dueño se llamaba Rúben y yo siempre le decía: "Rúben, vos y tu negocio tienen mística". El verdulero era gordo, desaliñado y lo conocí cuando voluntariamente se ofreció para arreglar la cañería de mi casa que había explotado y estaba deteriorando la impecable pintura verde de su negocio. Posteriormente, Rúben comenzó a regalarme un ramillete de rúcula cada mañana, no hubo manera de hacerle entender que era alérgica a esas hojas y se ofendía cuando las rechazaba.
Era 31 de diciembre y estaba irreparablemente sola, a punto de deprimirme, cuando escuché un golpe en la cañería. Fue el de una botella de champagne, al mismo tiempo que sonó el timbre y era Rúben con su tradicional ramo de rúcula, con lo cual no pude evitar una seguidilla de estornudos. Esa noche armamos la mesa y brindamos por el nuevo año. Al tomar el champagne veo que había una hormiga encerrada en una burbuja. La tengo que tragar pensé, quien sabe si no tienen algún efecto terapéutico como el de los gorgojos. El problema es que la burbuja se rompió y la hormiguita se precipitó en el fondo, a medida que tomaba la iba viendo acercándose hasta que con el ultimo trago la tragué. Rúben, de regalo, me trajo un cuadro de su verdulería rozagantemente verde y lo colgué con un tenedor en la pared.
Habíamos terminado de comer, tenía un brownie que me había sobrado de la noche buena y lo usé de postre. Le corte una porción a Rúben, cuando lo mordió su dentadura postiza quedó solitaria anclada en la torta, me impresionó por que no parecía una persona anciana. Entonces me explicó que cuando era chico tropezó con la pierna de su hermano y cayó gritando con la boca abierta encima del piano arrancándose todos los dientes. Luego continuó: "fui a un supermercado japonés y un viejito, que estaba en la caja, me vendió unos dientes que tenía en un vaso; como no están hechos a medida, de vez en cuando se me salen, y a decir verdad, querida, tu brownie parece una piedra". Claro estaba que atacaba mi torta para reivindicar sus dientes ajenos. De golpe empezó a salir espuma de la cañería, lo que hizo que Rúben se acordara de que también había metido una botella de cerveza junto con el champagne, que no resistió la presión y explotó. Todas estas cosas son las que me gustan de Rúben.
Estaba en la esquina pintada de verde cotorra. Era mi verdulería, porque además de comprar las cosas en aquel lugar, obligadamente pasaba todas las mañanas con mis pantuflas cuando iba a comprar el diario. Su dueño se llamaba Rúben y yo siempre le decía: "Rúben, vos y tu negocio tienen mística". El verdulero era gordo, desaliñado y lo conocí cuando voluntariamente se ofreció para arreglar la cañería de mi casa que había explotado y estaba deteriorando la impecable pintura verde de su negocio. Posteriormente, Rúben comenzó a regalarme un ramillete de rúcula cada mañana, no hubo manera de hacerle entender que era alérgica a esas hojas y se ofendía cuando las rechazaba.
Era 31 de diciembre y estaba irreparablemente sola, a punto de deprimirme, cuando escuché un golpe en la cañería. Fue el de una botella de champagne, al mismo tiempo que sonó el timbre y era Rúben con su tradicional ramo de rúcula, con lo cual no pude evitar una seguidilla de estornudos. Esa noche armamos la mesa y brindamos por el nuevo año. Al tomar el champagne veo que había una hormiga encerrada en una burbuja. La tengo que tragar pensé, quien sabe si no tienen algún efecto terapéutico como el de los gorgojos. El problema es que la burbuja se rompió y la hormiguita se precipitó en el fondo, a medida que tomaba la iba viendo acercándose hasta que con el ultimo trago la tragué. Rúben, de regalo, me trajo un cuadro de su verdulería rozagantemente verde y lo colgué con un tenedor en la pared.
Habíamos terminado de comer, tenía un brownie que me había sobrado de la noche buena y lo usé de postre. Le corte una porción a Rúben, cuando lo mordió su dentadura postiza quedó solitaria anclada en la torta, me impresionó por que no parecía una persona anciana. Entonces me explicó que cuando era chico tropezó con la pierna de su hermano y cayó gritando con la boca abierta encima del piano arrancándose todos los dientes. Luego continuó: "fui a un supermercado japonés y un viejito, que estaba en la caja, me vendió unos dientes que tenía en un vaso; como no están hechos a medida, de vez en cuando se me salen, y a decir verdad, querida, tu brownie parece una piedra". Claro estaba que atacaba mi torta para reivindicar sus dientes ajenos. De golpe empezó a salir espuma de la cañería, lo que hizo que Rúben se acordara de que también había metido una botella de cerveza junto con el champagne, que no resistió la presión y explotó. Todas estas cosas son las que me gustan de Rúben.
Alfileres
Por Nicolás Sabuncuyán
Llegó sin demasiadas ilusiones, lo único que quería era sacarse el problema de la cabeza. Tanto le había insistido su amigo en que dejara un currículum en la editorial donde trabajaba que finalmente lo llevó. Miró el papelito antes de entrar, tratando de retener el nombre y el número de interno. Después de atravesar la puerta se hizo anunciar. La recepcionista le pidió que aguardara en los sillones, aunque estaban ocupados. Esperó cerca de uno hasta que el hombre al que había ido a ver apareció desde un pasillo largo y se presentó con un apretón de manos.
Pasaron a su oficina. El jefe de personal le pidió que le contase de sus primeros trabajos. Él no dijo toda la verdad, su primer trabajo había sido a los cinco años, juntando alfileres con un imán por debajo de la mesa de costura de su vecina. El pago era en especias: ella le permitía volver a tirar los alfileres para volver a juntarlos. Por supuesto que no podría mencionarlo, era una concepción del trabajo muy poco adecuada a los tiempos que corren.
El jefe le hizo otras preguntas que no tardó en responder, no porque supiera las respuestas sino porque no tenía ganas de pensarlas. Su amigo suponía que le estaba haciendo un gran favor y por ello debía comportarse, por lo que soportó la entrevista hasta el final. El hombre lo acompañó a la recepción. Vio un alfiler tirado en el piso y sintió deseos de agacharse a levantarlo. Ese sí era un trabajo digno, y su vecina nunca escamoteaba el pago, siempre lo dejaba volver a tirar la cantidad que quisiera. Lamentó no tener su antigua herramienta de trabajo, hubiera sido una ocasión ideal para demostrar su talento.
Repentinamente, sintió una mano que lo devolvió a la realidad. Era su amigo con una gran sonrisa. Lo invitó a conocer el depósito, su área de trabajo para poder conversar un rato. Le dijo palmeándolo mientras bajaban las escaleras caracol: ―Este es un trabajo ideal para vos. Él pensó que el único trabajo ideal que había conocido era el de juntar alfileres en la casa de su vecina a los cinco años. Cada vez lo hacía mejor, era intrépido como pocos en esa tarea. Sin embargo, asintió para darle el gusto.
Llegó sin demasiadas ilusiones, lo único que quería era sacarse el problema de la cabeza. Tanto le había insistido su amigo en que dejara un currículum en la editorial donde trabajaba que finalmente lo llevó. Miró el papelito antes de entrar, tratando de retener el nombre y el número de interno. Después de atravesar la puerta se hizo anunciar. La recepcionista le pidió que aguardara en los sillones, aunque estaban ocupados. Esperó cerca de uno hasta que el hombre al que había ido a ver apareció desde un pasillo largo y se presentó con un apretón de manos.
Pasaron a su oficina. El jefe de personal le pidió que le contase de sus primeros trabajos. Él no dijo toda la verdad, su primer trabajo había sido a los cinco años, juntando alfileres con un imán por debajo de la mesa de costura de su vecina. El pago era en especias: ella le permitía volver a tirar los alfileres para volver a juntarlos. Por supuesto que no podría mencionarlo, era una concepción del trabajo muy poco adecuada a los tiempos que corren.
El jefe le hizo otras preguntas que no tardó en responder, no porque supiera las respuestas sino porque no tenía ganas de pensarlas. Su amigo suponía que le estaba haciendo un gran favor y por ello debía comportarse, por lo que soportó la entrevista hasta el final. El hombre lo acompañó a la recepción. Vio un alfiler tirado en el piso y sintió deseos de agacharse a levantarlo. Ese sí era un trabajo digno, y su vecina nunca escamoteaba el pago, siempre lo dejaba volver a tirar la cantidad que quisiera. Lamentó no tener su antigua herramienta de trabajo, hubiera sido una ocasión ideal para demostrar su talento.
Repentinamente, sintió una mano que lo devolvió a la realidad. Era su amigo con una gran sonrisa. Lo invitó a conocer el depósito, su área de trabajo para poder conversar un rato. Le dijo palmeándolo mientras bajaban las escaleras caracol: ―Este es un trabajo ideal para vos. Él pensó que el único trabajo ideal que había conocido era el de juntar alfileres en la casa de su vecina a los cinco años. Cada vez lo hacía mejor, era intrépido como pocos en esa tarea. Sin embargo, asintió para darle el gusto.
Thursday, October 07, 2004
Cigarrillos, no
Por Ana Fouroulis
Cigarrillos no se deben fumar, hacen mal. Pero me gustan, muchas veces me quedo sin y es justo cuando tengo ganas. Si me despierto con tos y los tengo a mano, los odio.
La mano es una fuente importante en la rosca del cuerpo, y la fuente del trabajo. Mis manos son feas y secas y llenas de nudos, a veces me gustan cuando me dicen que expresan pero la mayoría de las veces, no. Tener a mano cigarrillos. La tortuga es arrugada como mis manos, pero es simpática. Quiero pensar que también mis manos son simpáticas. Tumba la cumbia, cumbia la tumba: podría ser un verso para bailar en el piso. El piso de mi departamento es de cemento, cemento que larga polvo, polvo que ensucia.
Mi profesor de baile es tan alto, tengo que alcanzarlo. ¿Lo alcanzo? Trato y doy vueltas en su abrazo como un helicóptero. Una vez, no, dos, volé en un helicóptero y me gustó. Nueva York todavía tenía sus torres gemelas, increíble habrá sido ver cuando se derritieron como arena. La arena del desierto se vuelve bruma y la policía no puede agarrar a los ladrones que no necesitan esconderse. Yo, a veces, me escondo de mí misma en el baño y me doy una ducha caliente. Estar caliente es un estado placentero. Placer, placer, ¿será para todos igual?
Me tomo una taza de té y me pinto los ojos y la boca con vino. Es como un beso prolongado, la sensación del vino. Me gusta. El alma se calienta con el sabor de los besos, y canta. ¿Los ojos son el microscopio del alma, o el alma el microscopio de los ojos? La idea es esa: el nexo entre los ojos y el alma.
¿Qué mentira es esa de que no importa nada el amor? Te puede hacer un agujero grandote o te puede azucarar la vida. Me gusta la textura del azucar. En Río, la arena parece azucar, por eso los cariocas bailan tanto, sin parar, samba que te samba; parece una campanada continua el aplauso de adrenalina, me lo tomaría a cucharadas.
Cigarrillos no se deben fumar, hacen mal. Pero me gustan, muchas veces me quedo sin y es justo cuando tengo ganas. Si me despierto con tos y los tengo a mano, los odio.
La mano es una fuente importante en la rosca del cuerpo, y la fuente del trabajo. Mis manos son feas y secas y llenas de nudos, a veces me gustan cuando me dicen que expresan pero la mayoría de las veces, no. Tener a mano cigarrillos. La tortuga es arrugada como mis manos, pero es simpática. Quiero pensar que también mis manos son simpáticas. Tumba la cumbia, cumbia la tumba: podría ser un verso para bailar en el piso. El piso de mi departamento es de cemento, cemento que larga polvo, polvo que ensucia.
Mi profesor de baile es tan alto, tengo que alcanzarlo. ¿Lo alcanzo? Trato y doy vueltas en su abrazo como un helicóptero. Una vez, no, dos, volé en un helicóptero y me gustó. Nueva York todavía tenía sus torres gemelas, increíble habrá sido ver cuando se derritieron como arena. La arena del desierto se vuelve bruma y la policía no puede agarrar a los ladrones que no necesitan esconderse. Yo, a veces, me escondo de mí misma en el baño y me doy una ducha caliente. Estar caliente es un estado placentero. Placer, placer, ¿será para todos igual?
Me tomo una taza de té y me pinto los ojos y la boca con vino. Es como un beso prolongado, la sensación del vino. Me gusta. El alma se calienta con el sabor de los besos, y canta. ¿Los ojos son el microscopio del alma, o el alma el microscopio de los ojos? La idea es esa: el nexo entre los ojos y el alma.
¿Qué mentira es esa de que no importa nada el amor? Te puede hacer un agujero grandote o te puede azucarar la vida. Me gusta la textura del azucar. En Río, la arena parece azucar, por eso los cariocas bailan tanto, sin parar, samba que te samba; parece una campanada continua el aplauso de adrenalina, me lo tomaría a cucharadas.
Thursday, September 30, 2004
El comensal
Por Nicolás Sabuncuyán
Se sentó en una mesa y esperó a que lo atendieran. No le gustaba llamar la atención, era muy reservado. Cuando algún familiar movía la antena para sintonizar mejor y le preguntaba cómo se veía, el respondía con voz casi imperceptible:―No estoy seguro. Su cuñado, partidario de los gritos, se quejaba de esa actitud. Sin embargo, sí le gustaba observar. De su cabeza salía un periscopio para captar los detalles de los demás. Trataba de estudiarlos y siempre los juzgaba. En ese restaurante, por ejemplo, la camarera le pareció excesivamente simpática y pensó que así como hay gente alérgica al polen él era alérgico a la simpatía. La muchacha lo hacía estornudar con sus ademanes sobreactuados y su irreverencia.
Cuando se le acercó a tomarle la orden, él le pidió el plato del día y el vino de la casa, sin preguntarle cuáles eran. De esta manera, evitaba cualquier explicación. Envidiaba a los esquimales del círculo polar quienes apenas abren la boca para decir lo justo. ― La saliva debería congelársele en la boca a ésta―pensó. Una vez hecho el pedido, se dirigió al baño. Probó con el picaporte pero no pudo abrir la puerta.
―¿Necesita la llave?―preguntó la moza.
No supo qué contestar. Con tal de no deberle ningún favor que la hiciera merecedora de una propina generosa, prefirió aguantar. Volvió en silencio a su asiento y, para olvidar el asunto, miró por la ventana cómo descargaban mercadería del acoplado de un camión. Esa visión duró poco, al instante llegó la comida. La camarera no había terminado de apoyarla cuando repitió:
―¿No quiere la llave?
El vértigo lo invadió, estaba atrapado y no podría eludir la cuestión de ninguna manera. Se limitó a negar con la cabeza. La joven, extrañada, volvió a sus asuntos.
Se detuvo en el perfil de una mujer sentada a pocas mesas. Su nariz era elegante pero su ropa le pareció digna del trópico, donde todos visten de un modo llamativo y licencioso, en parte por el calor. ―Parece un mamboretá con esos colores― supuso, ya que no sabía muy bien qué era un mamboretá pero le sonaba tropical. Además,¿quién podría contradecirlo. ¿Por qué una mujer a quien la naturaleza había dotado de una elegancia evidente, optaba por la más burda tilinguería? Era algo que jamás comprendería.
Sintió una ráfaga proveniente de su comida. La había olvidado por completo. Era pollo con papas al horno, por lo que entró en pánico. Es imposible comer pollo sin llamar la atención. Él prefería usar cualquier elemento, una vez lo comió con espátula, antes que comerlo con la mano. Sobretodo el ala, que desgraciadamente le había tocado. Ni siquiera intentó hacer malabares con los cubiertos. ― ¿Cuánto es? ― preguntó sin probar bocado. Puso el dinero en la mesa y salió como un relámpago. Por supuesto, no dejó propina.
Se sentó en una mesa y esperó a que lo atendieran. No le gustaba llamar la atención, era muy reservado. Cuando algún familiar movía la antena para sintonizar mejor y le preguntaba cómo se veía, el respondía con voz casi imperceptible:―No estoy seguro. Su cuñado, partidario de los gritos, se quejaba de esa actitud. Sin embargo, sí le gustaba observar. De su cabeza salía un periscopio para captar los detalles de los demás. Trataba de estudiarlos y siempre los juzgaba. En ese restaurante, por ejemplo, la camarera le pareció excesivamente simpática y pensó que así como hay gente alérgica al polen él era alérgico a la simpatía. La muchacha lo hacía estornudar con sus ademanes sobreactuados y su irreverencia.
Cuando se le acercó a tomarle la orden, él le pidió el plato del día y el vino de la casa, sin preguntarle cuáles eran. De esta manera, evitaba cualquier explicación. Envidiaba a los esquimales del círculo polar quienes apenas abren la boca para decir lo justo. ― La saliva debería congelársele en la boca a ésta―pensó. Una vez hecho el pedido, se dirigió al baño. Probó con el picaporte pero no pudo abrir la puerta.
―¿Necesita la llave?―preguntó la moza.
No supo qué contestar. Con tal de no deberle ningún favor que la hiciera merecedora de una propina generosa, prefirió aguantar. Volvió en silencio a su asiento y, para olvidar el asunto, miró por la ventana cómo descargaban mercadería del acoplado de un camión. Esa visión duró poco, al instante llegó la comida. La camarera no había terminado de apoyarla cuando repitió:
―¿No quiere la llave?
El vértigo lo invadió, estaba atrapado y no podría eludir la cuestión de ninguna manera. Se limitó a negar con la cabeza. La joven, extrañada, volvió a sus asuntos.
Se detuvo en el perfil de una mujer sentada a pocas mesas. Su nariz era elegante pero su ropa le pareció digna del trópico, donde todos visten de un modo llamativo y licencioso, en parte por el calor. ―Parece un mamboretá con esos colores― supuso, ya que no sabía muy bien qué era un mamboretá pero le sonaba tropical. Además,¿quién podría contradecirlo. ¿Por qué una mujer a quien la naturaleza había dotado de una elegancia evidente, optaba por la más burda tilinguería? Era algo que jamás comprendería.
Sintió una ráfaga proveniente de su comida. La había olvidado por completo. Era pollo con papas al horno, por lo que entró en pánico. Es imposible comer pollo sin llamar la atención. Él prefería usar cualquier elemento, una vez lo comió con espátula, antes que comerlo con la mano. Sobretodo el ala, que desgraciadamente le había tocado. Ni siquiera intentó hacer malabares con los cubiertos. ― ¿Cuánto es? ― preguntó sin probar bocado. Puso el dinero en la mesa y salió como un relámpago. Por supuesto, no dejó propina.
Saturday, September 18, 2004
Hasta que la muerte nos separe
Por: Catalina Llambías
Estaba en la puerta de la iglesia con mi vestido blanco. Era casi perfecto salvo las lentejuelas y el verde de la cola, me sentía una sirena. El pelo lo tenía atado de manera natural con un tocado de jazmines sin olor a jazmines del que salía una pluma naranja. Como había olvidado el ramo, mi padre, que estaba junto a mí, arrancó unos plantines que se lucían poco en el porche de la casa del cura.
La iglesia era la de mi pueblo pintada de color rosa y blanco manteca. Arriba estaba el campanario, sobre éste una cruz grande. Con mi padre esperábamos en el atrio cuando sonaron las campanas, él con su gesto característico, se acomodó el pelo disimulando el pasar de los años y me tomó la mano. Las puertas se abrieron de par en par, comenzamos a caminar por la alfombra colorada que marcaba el rumbo hacía el altar. Desde arriba cantaban el Ave María un conjunto de voces desafinadas, eran mis primas, que con toda su buena intención hacían lo que podían.
La iglesia parecía estar colmada. Estaban todos contentos porque ¡había un casamiento! Entre el montón de personas iba reconociendo caras. Del lado izquierdo estaban mis amigas, formando una escalera, ordenadas de menor a mayor, sonriendo. Mis hermanos menores, para los que el tiempo no había pasado, jugaban en el confesionario. También estaban mis amigas de la facultad: una con su sonrisa paradójica y sus ojos tristes y otra con sus cachetes regocijantes.
Emocionadísima después de la entrada triunfal llegué al altar donde el cura me esperaba, mi padre había desaparecido en algún momento. El sacerdote me miró en silencio, yo le devolví la mirada con la intención de que empezara la ceremonia. Se ve que el cura esperaba algo, se tomaba las manos y las rotaba una sobre la otra, también se tomó el vino que tenía a su derecha. La gente esperaba en silencio ¿Porqué no me casaba? Estaba ansiosa, era el momento más feliz de mi vida. El cura entendió que tenía que hacer algo, entonces tomó una corona de laureles de un santo que estaba por ahí, la colocó sobre mi tocado, me dio la hostia y le hizo una señal al coro para que comience su canto. Finalmente me bendijo: "hermanos, podemos ir en paz".
Estaba en la puerta de la iglesia con mi vestido blanco. Era casi perfecto salvo las lentejuelas y el verde de la cola, me sentía una sirena. El pelo lo tenía atado de manera natural con un tocado de jazmines sin olor a jazmines del que salía una pluma naranja. Como había olvidado el ramo, mi padre, que estaba junto a mí, arrancó unos plantines que se lucían poco en el porche de la casa del cura.
La iglesia era la de mi pueblo pintada de color rosa y blanco manteca. Arriba estaba el campanario, sobre éste una cruz grande. Con mi padre esperábamos en el atrio cuando sonaron las campanas, él con su gesto característico, se acomodó el pelo disimulando el pasar de los años y me tomó la mano. Las puertas se abrieron de par en par, comenzamos a caminar por la alfombra colorada que marcaba el rumbo hacía el altar. Desde arriba cantaban el Ave María un conjunto de voces desafinadas, eran mis primas, que con toda su buena intención hacían lo que podían.
La iglesia parecía estar colmada. Estaban todos contentos porque ¡había un casamiento! Entre el montón de personas iba reconociendo caras. Del lado izquierdo estaban mis amigas, formando una escalera, ordenadas de menor a mayor, sonriendo. Mis hermanos menores, para los que el tiempo no había pasado, jugaban en el confesionario. También estaban mis amigas de la facultad: una con su sonrisa paradójica y sus ojos tristes y otra con sus cachetes regocijantes.
Emocionadísima después de la entrada triunfal llegué al altar donde el cura me esperaba, mi padre había desaparecido en algún momento. El sacerdote me miró en silencio, yo le devolví la mirada con la intención de que empezara la ceremonia. Se ve que el cura esperaba algo, se tomaba las manos y las rotaba una sobre la otra, también se tomó el vino que tenía a su derecha. La gente esperaba en silencio ¿Porqué no me casaba? Estaba ansiosa, era el momento más feliz de mi vida. El cura entendió que tenía que hacer algo, entonces tomó una corona de laureles de un santo que estaba por ahí, la colocó sobre mi tocado, me dio la hostia y le hizo una señal al coro para que comience su canto. Finalmente me bendijo: "hermanos, podemos ir en paz".
Thursday, September 02, 2004
El insomne
(fragmento)
Por Nicolás Sabuncuyán
Estaba en una esquina, silbando Garufa, cuando vi una camioneta que transportaba una extraña carga. Unos maniquíes viajaban hacinados. Estaban vestidos con harapos, envueltos apenas en cartón corrugado y atados con cordeles. El grupo era heterogéneo: hombres, mujeres y niños de plástico se agolpaban promiscuamente. Sólo los ancianos estaban ausentes. Me acerqué a la puerta y golpeé la ventana que enmarcaba un rostro burdo, una mirada bovina, una camisa abierta, un cuello con pliegues. El chofer permanecía ajeno a la situación. Le grité, lo provoqué y lo insulté durante largo tiempo. Entonces, volteó la gruesa cabeza hacia mí:
― ¡A usted le parece, molestar a esta hora!
― ¿Puedo subir al camión? Algunos están incómodos.
Se rascó el pecho con fruición. Luego sacó un peine rojo de un cajón y me lo ofreció.
― Tome. ¡Y no se hable más del asunto!
Acepté el objeto y seguí caminando. Jugueteé un poco con el peine en la mano, pasando los dientes entre la uña y la carne del dedo gordo. Garufa, pucha que sos divertido. Después de un rato lo apreté con fuerza hasta el umbral del dolor. Luego de andar unas cuadras me detuve ante el jardín de un edificio. El lugar estaba bien cuidado, el pasto parejo me tentaba a pisarlo. Sin embargo, seguí el sendero de piedras lisas y atravesé el diminuto puente de madera, bajo el cual nadaban algunos peces. Sin soltar el peine, increpé al portero:
― ¿Me permite pasar al ascensor?
― Según, ¿a qué piso va?
― A los tres.
Miró fijamente el objeto en mi mano y sin hacer comentarios me abrió la puerta. El pasillo estaba plagado de llaves de luz innecesarias que se confundían con los timbres. Sólo un botón se distinguía a lo lejos, sólo uno captaba la atención de los presentes. Corrimos hacia él, sin la menor muestra de urbanidad. Importaba únicamente la ley del más fuerte. Las escaleras habían desaparecido, todos queríamos el ascensor. Nada de misericordia, empujones y patadas mal disimuladas me condujeron a la puerta de tijeras.
― ¿Sube? ― pregunté impaciente.
― Apenas, suba usted también, que el edificio es alto.
Nos apretamos un poco y entramos cinco. No quise continuar el diálogo. Saqué de mi pecho el peine, seguía tan rojo como antes. Lo blandí jactancioso y empecé a peinarme. Sólo pensaba en desenredar la madeja que salía de mi cabeza, estaba absolutamente compenetrado. De tanto en tanto volvía la mirada a mis compañeros pero ya no eran los mismos, se reemplazaban con una velocidad prodigiosa. La señora que volvía de hacer las compras se transformaba en un ejecutivo con un portafolios puntiagudo. El autómata de los auriculares en una joven lejanamente familiar. Mientras tanto, el ascensor alcanzaba alturas temibles, dudé de la existencia de un último piso. De todos modos, llegué al garage. Era un lugar desolador, un desierto gris interrumpido por columnas y manchas de grasa. Me sentía solo, como en el ascensor en el que había llegado. Intenté distraerme mirando autos pero no pude, no me interesan ni un poco, por lo que el camino se hacía más insoportable. ―¡Qué suerte los que no tienen auto!― pensé en voz alta ― Nunca vienen para acá.
Se me ocurrió que debía haber una canilla para lavarme las manos pero no hubo caso, cuanto más la buscaba más me perdía. Desanimado, me acerqué a la rampa, un invento interesante para los autos pero nefasto para el hombre. Fatigado y en cuclillas, comencé el ascenso. La pendiente se resistía, tres veces me caí, tres veces sentí que me desmayaba. Sólo me daba fuerzas pensar en la puerta de salida, en esa luz al final de la cuesta. Agotado, con las extremidades entumecidas y el corazón a puntos de explotar, la alcancé. Y al volver a tu casa de madrugada, decís... "Yo soy un rana fenomenal".
Me preparé el desayuno con algo de dificultad, quedaba sólo una cuchara de café y ninguna de las opciones, tomar un té o salir a comprar en el momento, me convencía. Hice lo que pude y después de anotar un papelito que tenía que comprar café abrí la puerta, tropecé con un balde que por suerte estaba vacío y subí al ascensor.
La gente casi no le presta atención al piso cuando se muda. A excepción de la planta baja y el último, el resto parece confundirse en una masa informe de pisos: vivir en el tercero es lo mismo que vivir en el quinto. Con el tiempo, en cada piso alguien se destaca y ahí sí es distinto ser "el del tercero" que ser "el del quinto". Sus vecinos de piso, los del tercero "A" o del quinto "B" sufren en las sombras, cuando suben al ascensor les preguntan: ― ¿A qué piso va?― y ellos contestan de mala gana―Al quinto― y por dentro sienten que estallan. Por eso, quizás, se inventó el tablero automático, gracias al cual el que sube toca su número y el ascensor va, sin que nadie se vea obligado a herir a nadie. Desgraciadamente el de mi edificio apenas cumple su función primitiva de subir y bajar, no sabe abrir las puertas, ni hablar, ni tiene ningún tipo de memoria.
Los pocos que se preocupan por el piso a la hora de mudarse lo hacen pensando en la posibilidad de que se corte la luz y no se pueda usar el ascensor. Yo me preocupo por lo que pasa cuando anda. A veces me inquieta pensar en el tiempo de vida que se me va, en esos minutos diarios que se nos van en subir y bajar que, sumados, me descontarán años de vida. Sin embargo, tengo la ventaja, de conocer lo bueno en lo malo, o lo bueno que sólo se conoce a través de lo malo. Pago gustoso el precio por esos instantes cotidianos dedicados a la reflexión, esos momentos en los que puedo mirarme al espejo y, mientras paso los dedos entre los botones con ritmo regular, entrar en una especie de trance. De tanto en tanto me distraen los carteles que demuestran las preocupaciones del consorcio por nuestra salud, de cómo intentan alejarnos del cigarrillo y nos obligan a pensar en nuestro peso. Los elevadores (casi todos sus nombres hacen alusión a la subida, aunque en rigor un ascensor que sólo fuera en un sentido sería un despropósito) me parecen vehículos fascinantes. Un conocido que se dedica a arreglarlos me dijo que también los llaman coches, aunque para mí son más como un aljibe de gente, sobre todo para quienes viven en pisos altos. Mi problema es la gente, odio tener la obligación de conversar con cualquiera (en un ascensor la variedad de personas es infinita). No es como en un viaje largo o una sala de espera, donde todos se encuentran en situaciones parecidas y con tiempo de sobra. Es por eso que me limito a saludar y continúo el recorrido con expresión de gravedad.
Como sea, la del cuarto se subió con una bolsa llena de ropa. No pude evitar mirarla, había vestidos raídos y camisas descoloridas, al menos en la superficie. Indignada por mi inspección, herida en su más íntimo orgullo, la cerró y me escupió sus palabras en la cara:
―Es para el portero―sentenció con resentimiento.
¡Y yo que había pensado que era la ropa que usaba y la llevaba a la terraza! ¿Ahora debería arrodillarme ante ese monumento a la solidaridad y rogarle por pensar mal de su guardarropa y su posición social? Definitivamente no lo haría. De todos modos le sonreí, me preocupaban los roces con mis vecinos. Para esa señora, y para todas las de su calaña, yo era "el divorciado del séptimo", que en su jerga significaba "el degenerado del séptimo".
Por Nicolás Sabuncuyán
Estaba en una esquina, silbando Garufa, cuando vi una camioneta que transportaba una extraña carga. Unos maniquíes viajaban hacinados. Estaban vestidos con harapos, envueltos apenas en cartón corrugado y atados con cordeles. El grupo era heterogéneo: hombres, mujeres y niños de plástico se agolpaban promiscuamente. Sólo los ancianos estaban ausentes. Me acerqué a la puerta y golpeé la ventana que enmarcaba un rostro burdo, una mirada bovina, una camisa abierta, un cuello con pliegues. El chofer permanecía ajeno a la situación. Le grité, lo provoqué y lo insulté durante largo tiempo. Entonces, volteó la gruesa cabeza hacia mí:
― ¡A usted le parece, molestar a esta hora!
― ¿Puedo subir al camión? Algunos están incómodos.
Se rascó el pecho con fruición. Luego sacó un peine rojo de un cajón y me lo ofreció.
― Tome. ¡Y no se hable más del asunto!
Acepté el objeto y seguí caminando. Jugueteé un poco con el peine en la mano, pasando los dientes entre la uña y la carne del dedo gordo. Garufa, pucha que sos divertido. Después de un rato lo apreté con fuerza hasta el umbral del dolor. Luego de andar unas cuadras me detuve ante el jardín de un edificio. El lugar estaba bien cuidado, el pasto parejo me tentaba a pisarlo. Sin embargo, seguí el sendero de piedras lisas y atravesé el diminuto puente de madera, bajo el cual nadaban algunos peces. Sin soltar el peine, increpé al portero:
― ¿Me permite pasar al ascensor?
― Según, ¿a qué piso va?
― A los tres.
Miró fijamente el objeto en mi mano y sin hacer comentarios me abrió la puerta. El pasillo estaba plagado de llaves de luz innecesarias que se confundían con los timbres. Sólo un botón se distinguía a lo lejos, sólo uno captaba la atención de los presentes. Corrimos hacia él, sin la menor muestra de urbanidad. Importaba únicamente la ley del más fuerte. Las escaleras habían desaparecido, todos queríamos el ascensor. Nada de misericordia, empujones y patadas mal disimuladas me condujeron a la puerta de tijeras.
― ¿Sube? ― pregunté impaciente.
― Apenas, suba usted también, que el edificio es alto.
Nos apretamos un poco y entramos cinco. No quise continuar el diálogo. Saqué de mi pecho el peine, seguía tan rojo como antes. Lo blandí jactancioso y empecé a peinarme. Sólo pensaba en desenredar la madeja que salía de mi cabeza, estaba absolutamente compenetrado. De tanto en tanto volvía la mirada a mis compañeros pero ya no eran los mismos, se reemplazaban con una velocidad prodigiosa. La señora que volvía de hacer las compras se transformaba en un ejecutivo con un portafolios puntiagudo. El autómata de los auriculares en una joven lejanamente familiar. Mientras tanto, el ascensor alcanzaba alturas temibles, dudé de la existencia de un último piso. De todos modos, llegué al garage. Era un lugar desolador, un desierto gris interrumpido por columnas y manchas de grasa. Me sentía solo, como en el ascensor en el que había llegado. Intenté distraerme mirando autos pero no pude, no me interesan ni un poco, por lo que el camino se hacía más insoportable. ―¡Qué suerte los que no tienen auto!― pensé en voz alta ― Nunca vienen para acá.
Se me ocurrió que debía haber una canilla para lavarme las manos pero no hubo caso, cuanto más la buscaba más me perdía. Desanimado, me acerqué a la rampa, un invento interesante para los autos pero nefasto para el hombre. Fatigado y en cuclillas, comencé el ascenso. La pendiente se resistía, tres veces me caí, tres veces sentí que me desmayaba. Sólo me daba fuerzas pensar en la puerta de salida, en esa luz al final de la cuesta. Agotado, con las extremidades entumecidas y el corazón a puntos de explotar, la alcancé. Y al volver a tu casa de madrugada, decís... "Yo soy un rana fenomenal".
Me preparé el desayuno con algo de dificultad, quedaba sólo una cuchara de café y ninguna de las opciones, tomar un té o salir a comprar en el momento, me convencía. Hice lo que pude y después de anotar un papelito que tenía que comprar café abrí la puerta, tropecé con un balde que por suerte estaba vacío y subí al ascensor.
La gente casi no le presta atención al piso cuando se muda. A excepción de la planta baja y el último, el resto parece confundirse en una masa informe de pisos: vivir en el tercero es lo mismo que vivir en el quinto. Con el tiempo, en cada piso alguien se destaca y ahí sí es distinto ser "el del tercero" que ser "el del quinto". Sus vecinos de piso, los del tercero "A" o del quinto "B" sufren en las sombras, cuando suben al ascensor les preguntan: ― ¿A qué piso va?― y ellos contestan de mala gana―Al quinto― y por dentro sienten que estallan. Por eso, quizás, se inventó el tablero automático, gracias al cual el que sube toca su número y el ascensor va, sin que nadie se vea obligado a herir a nadie. Desgraciadamente el de mi edificio apenas cumple su función primitiva de subir y bajar, no sabe abrir las puertas, ni hablar, ni tiene ningún tipo de memoria.
Los pocos que se preocupan por el piso a la hora de mudarse lo hacen pensando en la posibilidad de que se corte la luz y no se pueda usar el ascensor. Yo me preocupo por lo que pasa cuando anda. A veces me inquieta pensar en el tiempo de vida que se me va, en esos minutos diarios que se nos van en subir y bajar que, sumados, me descontarán años de vida. Sin embargo, tengo la ventaja, de conocer lo bueno en lo malo, o lo bueno que sólo se conoce a través de lo malo. Pago gustoso el precio por esos instantes cotidianos dedicados a la reflexión, esos momentos en los que puedo mirarme al espejo y, mientras paso los dedos entre los botones con ritmo regular, entrar en una especie de trance. De tanto en tanto me distraen los carteles que demuestran las preocupaciones del consorcio por nuestra salud, de cómo intentan alejarnos del cigarrillo y nos obligan a pensar en nuestro peso. Los elevadores (casi todos sus nombres hacen alusión a la subida, aunque en rigor un ascensor que sólo fuera en un sentido sería un despropósito) me parecen vehículos fascinantes. Un conocido que se dedica a arreglarlos me dijo que también los llaman coches, aunque para mí son más como un aljibe de gente, sobre todo para quienes viven en pisos altos. Mi problema es la gente, odio tener la obligación de conversar con cualquiera (en un ascensor la variedad de personas es infinita). No es como en un viaje largo o una sala de espera, donde todos se encuentran en situaciones parecidas y con tiempo de sobra. Es por eso que me limito a saludar y continúo el recorrido con expresión de gravedad.
Como sea, la del cuarto se subió con una bolsa llena de ropa. No pude evitar mirarla, había vestidos raídos y camisas descoloridas, al menos en la superficie. Indignada por mi inspección, herida en su más íntimo orgullo, la cerró y me escupió sus palabras en la cara:
―Es para el portero―sentenció con resentimiento.
¡Y yo que había pensado que era la ropa que usaba y la llevaba a la terraza! ¿Ahora debería arrodillarme ante ese monumento a la solidaridad y rogarle por pensar mal de su guardarropa y su posición social? Definitivamente no lo haría. De todos modos le sonreí, me preocupaban los roces con mis vecinos. Para esa señora, y para todas las de su calaña, yo era "el divorciado del séptimo", que en su jerga significaba "el degenerado del séptimo".
Friday, July 30, 2004
Taller de sueños
Coordinado por: Carmen Crouzeilles
Bajo el ala prolífica de Hypnós, dios de los sueños, les propongo este Taller de sueños. La propuesta consiste en juntarnos dos horas semanales para escribir, leer, discutir y crear en torno a las formas oníricas de la creatividad. El interés por los sueños y su potencialidad creativa es, por supuesto, muy antiguo. Por eso, nos interesará sin dudas recorrer algunas de esas tradiciones literarias, teóricas y hasta supersticiosas para alimentar nuestra escritura. Un punto de partida propuesto serán las experiencias del Surrealismo, que datan de los comienzos del siglo XX. Hay mucho para decir sobre esto. Adelanto una anécdota famosa, narrada por André Breton: el poeta surrealista Saint-Pol-Roux, en el momento de irse a dormir, hacía colocar en la puerta de su dormitorio un cartel que decía: “El poeta trabaja”. Adelanto, también, el primer párrafo del Primer Manifiesto del Surrealismo:
"Tanto va la fe a la vida, a lo que en la vida hay de más precario –me refiero a la vida real- que finalmente esa fe se pierde. El hombre, soñador impertinente, cada día más descontento de su suerte, da vueltas fatigosamente alrededor de los objetos que se ha visto obligado a usar, y que le han proporcionado su indolencia o su esfuerzo; casi siempre su esfuerzo, ya que se ha resignado a trabajar o, por lo menos, no se ha obligado a tentar su suerte (¡lo que él llama su suerte!). Una gran modestia constituye actualmente su patrimonio; sabe cuáles son las mujeres que ha poseído y en qué ridículas aventuras se ha enredado; tanto su fortuna como su pobreza le son indiferentes –pareciéndose en esto a un niño recién nacido-, y en cuanto a la aprobación de su conciencia moral, admito que prescinde de ella sin gran esfuerzo. Si conserva cierta lucidez no le queda sino volverse para mirar atrás, hacia su propia infancia que, por mutilada que haya sido gracias a los cuidados de sus domadores, no por eso deja de parecerle llena de encantos. En ella, la carencia de cualquier rigor conocido le otorga la perspectiva de vivir varias vidas simultáneas; se arriesga en esta ilusión y sólo quiere saber de la facilidad instantánea y extrema de todas las cosas. Cada mañana los niños parten sin preocupación. Todo está cerca, las peores condiciones materiales resultan maravillosas. Los bosques son blancos o negros, no se dormirá jamás.
Aunque es cierto que no se puede llegar tan lejos, las amenazas se acumulan y uno cede, uno abandona parte del terreno a conquistar. Aquella imaginación, que no reconocía límites, ahora sólo se la dejan utilizar subordinada a las leyes de una utilidad arbitraria; incapaz ella de asumir por mucho tiempo empleo tan inferior, generalmente prefiere, cuando el hombre cumple veinte años, abandonarlo a su destino sin luz." (Breton; 1924)
Ochenta años después, al leerlo, sigo encontrando en este texto tramos de una verdad desafiante. El desafío consiste en nutrir y hacer funcionar aquella imaginación que Breton describe tan amenazada, alienada por hábitos, el pensamiento utilitario, el trabajo mecánico; el desafío consiste, para nosotros, en escribir. Partimos, entonces, en busca de detonantes de escritura, de imaginación, de relatos. En esa búsqueda, sin duda influenciados por el propio surrealismo en un comienzo pero también por una literatura más reciente, por el cine y por la teoría, nos encontramos con un tema lo suficientemente amplio como para convocar a la imaginación sin fronteras.
Así fue como comenzó la idea de este taller de sueños: la certeza de que los sueños no dejan de proliferar, insistir, elaborar, atormentar, excitar, confundir, sorprender, divertir, asustar, preocupar deviene rápidamente en la certeza de que los sueños, sus interpretaciones, las teorías que los envuelven pueden todavía funcionar como detonantes de escritura. De eso se trata. Por eso, este taller contará con una bibliografía y una filmografía limitada pero abierta a sugerencias que puedan ir surgiendo a lo largo de los encuentros. Visitaremos esos textos y películas tanto para alimentar la escritura, como la mirada crítica sobre la escritura: la discusión tiene que poder volverse apasionante, para lo cual es necesario que cada uno pueda alimentar su punto de vista estético, su estilo.
En cada uno de mis talleres intento que cada participante fortalezca y defina su gusto –lo que considero el primer paso para la elaboración de un estilo-, y vaya de a poco encontrando los rasgos para reconocerlo en la escritura de otros, las herramientas para producirlo en la escritura propia, y los argumentos para sostenerlo en la discusión.
Antes que un taller temático, el Taller de sueños es un taller de escritura. En ese sentido, nos interesa la búsqueda de una voz, además de los problemas generales de la composición del texto escrito tales como la estructura narrativa, la construcción del suspenso, el manejo de imágenes y demás herramientas provistas por la retórica.
Nuestras reuniones serán de lectura, tanto de la producción propia como de la de otros autores, de discusión y de escritura en el taller en algunos casos –aunque el grueso de la producción escrita sea una tarea a realizar durante la semana, en la tranquilidad solitaria que conviene en general al escritor.
Coordinado por: Carmen Crouzeilles
Bajo el ala prolífica de Hypnós, dios de los sueños, les propongo este Taller de sueños. La propuesta consiste en juntarnos dos horas semanales para escribir, leer, discutir y crear en torno a las formas oníricas de la creatividad. El interés por los sueños y su potencialidad creativa es, por supuesto, muy antiguo. Por eso, nos interesará sin dudas recorrer algunas de esas tradiciones literarias, teóricas y hasta supersticiosas para alimentar nuestra escritura. Un punto de partida propuesto serán las experiencias del Surrealismo, que datan de los comienzos del siglo XX. Hay mucho para decir sobre esto. Adelanto una anécdota famosa, narrada por André Breton: el poeta surrealista Saint-Pol-Roux, en el momento de irse a dormir, hacía colocar en la puerta de su dormitorio un cartel que decía: “El poeta trabaja”. Adelanto, también, el primer párrafo del Primer Manifiesto del Surrealismo:
"Tanto va la fe a la vida, a lo que en la vida hay de más precario –me refiero a la vida real- que finalmente esa fe se pierde. El hombre, soñador impertinente, cada día más descontento de su suerte, da vueltas fatigosamente alrededor de los objetos que se ha visto obligado a usar, y que le han proporcionado su indolencia o su esfuerzo; casi siempre su esfuerzo, ya que se ha resignado a trabajar o, por lo menos, no se ha obligado a tentar su suerte (¡lo que él llama su suerte!). Una gran modestia constituye actualmente su patrimonio; sabe cuáles son las mujeres que ha poseído y en qué ridículas aventuras se ha enredado; tanto su fortuna como su pobreza le son indiferentes –pareciéndose en esto a un niño recién nacido-, y en cuanto a la aprobación de su conciencia moral, admito que prescinde de ella sin gran esfuerzo. Si conserva cierta lucidez no le queda sino volverse para mirar atrás, hacia su propia infancia que, por mutilada que haya sido gracias a los cuidados de sus domadores, no por eso deja de parecerle llena de encantos. En ella, la carencia de cualquier rigor conocido le otorga la perspectiva de vivir varias vidas simultáneas; se arriesga en esta ilusión y sólo quiere saber de la facilidad instantánea y extrema de todas las cosas. Cada mañana los niños parten sin preocupación. Todo está cerca, las peores condiciones materiales resultan maravillosas. Los bosques son blancos o negros, no se dormirá jamás.
Aunque es cierto que no se puede llegar tan lejos, las amenazas se acumulan y uno cede, uno abandona parte del terreno a conquistar. Aquella imaginación, que no reconocía límites, ahora sólo se la dejan utilizar subordinada a las leyes de una utilidad arbitraria; incapaz ella de asumir por mucho tiempo empleo tan inferior, generalmente prefiere, cuando el hombre cumple veinte años, abandonarlo a su destino sin luz." (Breton; 1924)
Ochenta años después, al leerlo, sigo encontrando en este texto tramos de una verdad desafiante. El desafío consiste en nutrir y hacer funcionar aquella imaginación que Breton describe tan amenazada, alienada por hábitos, el pensamiento utilitario, el trabajo mecánico; el desafío consiste, para nosotros, en escribir. Partimos, entonces, en busca de detonantes de escritura, de imaginación, de relatos. En esa búsqueda, sin duda influenciados por el propio surrealismo en un comienzo pero también por una literatura más reciente, por el cine y por la teoría, nos encontramos con un tema lo suficientemente amplio como para convocar a la imaginación sin fronteras.
Así fue como comenzó la idea de este taller de sueños: la certeza de que los sueños no dejan de proliferar, insistir, elaborar, atormentar, excitar, confundir, sorprender, divertir, asustar, preocupar deviene rápidamente en la certeza de que los sueños, sus interpretaciones, las teorías que los envuelven pueden todavía funcionar como detonantes de escritura. De eso se trata. Por eso, este taller contará con una bibliografía y una filmografía limitada pero abierta a sugerencias que puedan ir surgiendo a lo largo de los encuentros. Visitaremos esos textos y películas tanto para alimentar la escritura, como la mirada crítica sobre la escritura: la discusión tiene que poder volverse apasionante, para lo cual es necesario que cada uno pueda alimentar su punto de vista estético, su estilo.
En cada uno de mis talleres intento que cada participante fortalezca y defina su gusto –lo que considero el primer paso para la elaboración de un estilo-, y vaya de a poco encontrando los rasgos para reconocerlo en la escritura de otros, las herramientas para producirlo en la escritura propia, y los argumentos para sostenerlo en la discusión.
Antes que un taller temático, el Taller de sueños es un taller de escritura. En ese sentido, nos interesa la búsqueda de una voz, además de los problemas generales de la composición del texto escrito tales como la estructura narrativa, la construcción del suspenso, el manejo de imágenes y demás herramientas provistas por la retórica.
Nuestras reuniones serán de lectura, tanto de la producción propia como de la de otros autores, de discusión y de escritura en el taller en algunos casos –aunque el grueso de la producción escrita sea una tarea a realizar durante la semana, en la tranquilidad solitaria que conviene en general al escritor.







