Thursday, September 30, 2004

El comensal

Por Nicolás Sabuncuyán

Se sentó en una mesa y esperó a que lo atendieran. No le gustaba llamar la atención, era muy reservado. Cuando algún familiar movía la antena para sintonizar mejor y le preguntaba cómo se veía, el respondía con voz casi imperceptible:―No estoy seguro. Su cuñado, partidario de los gritos, se quejaba de esa actitud. Sin embargo, sí le gustaba observar. De su cabeza salía un periscopio para captar los detalles de los demás. Trataba de estudiarlos y siempre los juzgaba. En ese restaurante, por ejemplo, la camarera le pareció excesivamente simpática y pensó que así como hay gente alérgica al polen él era alérgico a la simpatía. La muchacha lo hacía estornudar con sus ademanes sobreactuados y su irreverencia.
Cuando se le acercó a tomarle la orden, él le pidió el plato del día y el vino de la casa, sin preguntarle cuáles eran. De esta manera, evitaba cualquier explicación. Envidiaba a los esquimales del círculo polar quienes apenas abren la boca para decir lo justo. ― La saliva debería congelársele en la boca a ésta―pensó. Una vez hecho el pedido, se dirigió al baño. Probó con el picaporte pero no pudo abrir la puerta.
―¿Necesita la llave?―preguntó la moza.
No supo qué contestar. Con tal de no deberle ningún favor que la hiciera merecedora de una propina generosa, prefirió aguantar. Volvió en silencio a su asiento y, para olvidar el asunto, miró por la ventana cómo descargaban mercadería del acoplado de un camión. Esa visión duró poco, al instante llegó la comida. La camarera no había terminado de apoyarla cuando repitió:
―¿No quiere la llave?
El vértigo lo invadió, estaba atrapado y no podría eludir la cuestión de ninguna manera. Se limitó a negar con la cabeza. La joven, extrañada, volvió a sus asuntos.
Se detuvo en el perfil de una mujer sentada a pocas mesas. Su nariz era elegante pero su ropa le pareció digna del trópico, donde todos visten de un modo llamativo y licencioso, en parte por el calor. ―Parece un mamboretá con esos colores― supuso, ya que no sabía muy bien qué era un mamboretá pero le sonaba tropical. Además,¿quién podría contradecirlo. ¿Por qué una mujer a quien la naturaleza había dotado de una elegancia evidente, optaba por la más burda tilinguería? Era algo que jamás comprendería.
Sintió una ráfaga proveniente de su comida. La había olvidado por completo. Era pollo con papas al horno, por lo que entró en pánico. Es imposible comer pollo sin llamar la atención. Él prefería usar cualquier elemento, una vez lo comió con espátula, antes que comerlo con la mano. Sobretodo el ala, que desgraciadamente le había tocado. Ni siquiera intentó hacer malabares con los cubiertos. ― ¿Cuánto es? ― preguntó sin probar bocado. Puso el dinero en la mesa y salió como un relámpago. Por supuesto, no dejó propina.

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