Thursday, December 02, 2004
Mi verdulero místico
Por Catalina Llambías
Estaba en la esquina pintada de verde cotorra. Era mi verdulería, porque además de comprar las cosas en aquel lugar, obligadamente pasaba todas las mañanas con mis pantuflas cuando iba a comprar el diario. Su dueño se llamaba Rúben y yo siempre le decía: "Rúben, vos y tu negocio tienen mística". El verdulero era gordo, desaliñado y lo conocí cuando voluntariamente se ofreció para arreglar la cañería de mi casa que había explotado y estaba deteriorando la impecable pintura verde de su negocio. Posteriormente, Rúben comenzó a regalarme un ramillete de rúcula cada mañana, no hubo manera de hacerle entender que era alérgica a esas hojas y se ofendía cuando las rechazaba.
Era 31 de diciembre y estaba irreparablemente sola, a punto de deprimirme, cuando escuché un golpe en la cañería. Fue el de una botella de champagne, al mismo tiempo que sonó el timbre y era Rúben con su tradicional ramo de rúcula, con lo cual no pude evitar una seguidilla de estornudos. Esa noche armamos la mesa y brindamos por el nuevo año. Al tomar el champagne veo que había una hormiga encerrada en una burbuja. La tengo que tragar pensé, quien sabe si no tienen algún efecto terapéutico como el de los gorgojos. El problema es que la burbuja se rompió y la hormiguita se precipitó en el fondo, a medida que tomaba la iba viendo acercándose hasta que con el ultimo trago la tragué. Rúben, de regalo, me trajo un cuadro de su verdulería rozagantemente verde y lo colgué con un tenedor en la pared.
Habíamos terminado de comer, tenía un brownie que me había sobrado de la noche buena y lo usé de postre. Le corte una porción a Rúben, cuando lo mordió su dentadura postiza quedó solitaria anclada en la torta, me impresionó por que no parecía una persona anciana. Entonces me explicó que cuando era chico tropezó con la pierna de su hermano y cayó gritando con la boca abierta encima del piano arrancándose todos los dientes. Luego continuó: "fui a un supermercado japonés y un viejito, que estaba en la caja, me vendió unos dientes que tenía en un vaso; como no están hechos a medida, de vez en cuando se me salen, y a decir verdad, querida, tu brownie parece una piedra". Claro estaba que atacaba mi torta para reivindicar sus dientes ajenos. De golpe empezó a salir espuma de la cañería, lo que hizo que Rúben se acordara de que también había metido una botella de cerveza junto con el champagne, que no resistió la presión y explotó. Todas estas cosas son las que me gustan de Rúben.
Estaba en la esquina pintada de verde cotorra. Era mi verdulería, porque además de comprar las cosas en aquel lugar, obligadamente pasaba todas las mañanas con mis pantuflas cuando iba a comprar el diario. Su dueño se llamaba Rúben y yo siempre le decía: "Rúben, vos y tu negocio tienen mística". El verdulero era gordo, desaliñado y lo conocí cuando voluntariamente se ofreció para arreglar la cañería de mi casa que había explotado y estaba deteriorando la impecable pintura verde de su negocio. Posteriormente, Rúben comenzó a regalarme un ramillete de rúcula cada mañana, no hubo manera de hacerle entender que era alérgica a esas hojas y se ofendía cuando las rechazaba.
Era 31 de diciembre y estaba irreparablemente sola, a punto de deprimirme, cuando escuché un golpe en la cañería. Fue el de una botella de champagne, al mismo tiempo que sonó el timbre y era Rúben con su tradicional ramo de rúcula, con lo cual no pude evitar una seguidilla de estornudos. Esa noche armamos la mesa y brindamos por el nuevo año. Al tomar el champagne veo que había una hormiga encerrada en una burbuja. La tengo que tragar pensé, quien sabe si no tienen algún efecto terapéutico como el de los gorgojos. El problema es que la burbuja se rompió y la hormiguita se precipitó en el fondo, a medida que tomaba la iba viendo acercándose hasta que con el ultimo trago la tragué. Rúben, de regalo, me trajo un cuadro de su verdulería rozagantemente verde y lo colgué con un tenedor en la pared.
Habíamos terminado de comer, tenía un brownie que me había sobrado de la noche buena y lo usé de postre. Le corte una porción a Rúben, cuando lo mordió su dentadura postiza quedó solitaria anclada en la torta, me impresionó por que no parecía una persona anciana. Entonces me explicó que cuando era chico tropezó con la pierna de su hermano y cayó gritando con la boca abierta encima del piano arrancándose todos los dientes. Luego continuó: "fui a un supermercado japonés y un viejito, que estaba en la caja, me vendió unos dientes que tenía en un vaso; como no están hechos a medida, de vez en cuando se me salen, y a decir verdad, querida, tu brownie parece una piedra". Claro estaba que atacaba mi torta para reivindicar sus dientes ajenos. De golpe empezó a salir espuma de la cañería, lo que hizo que Rúben se acordara de que también había metido una botella de cerveza junto con el champagne, que no resistió la presión y explotó. Todas estas cosas son las que me gustan de Rúben.
