Saturday, September 18, 2004

Hasta que la muerte nos separe

Por: Catalina Llambías

Estaba en la puerta de la iglesia con mi vestido blanco. Era casi perfecto salvo las lentejuelas y el verde de la cola, me sentía una sirena. El pelo lo tenía atado de manera natural con un tocado de jazmines sin olor a jazmines del que salía una pluma naranja. Como había olvidado el ramo, mi padre, que estaba junto a mí, arrancó unos plantines que se lucían poco en el porche de la casa del cura.
La iglesia era la de mi pueblo pintada de color rosa y blanco manteca. Arriba estaba el campanario, sobre éste una cruz grande. Con mi padre esperábamos en el atrio cuando sonaron las campanas, él con su gesto característico, se acomodó el pelo disimulando el pasar de los años y me tomó la mano. Las puertas se abrieron de par en par, comenzamos a caminar por la alfombra colorada que marcaba el rumbo hacía el altar. Desde arriba cantaban el Ave María un conjunto de voces desafinadas, eran mis primas, que con toda su buena intención hacían lo que podían.
La iglesia parecía estar colmada. Estaban todos contentos porque ¡había un casamiento! Entre el montón de personas iba reconociendo caras. Del lado izquierdo estaban mis amigas, formando una escalera, ordenadas de menor a mayor, sonriendo. Mis hermanos menores, para los que el tiempo no había pasado, jugaban en el confesionario. También estaban mis amigas de la facultad: una con su sonrisa paradójica y sus ojos tristes y otra con sus cachetes regocijantes.
Emocionadísima después de la entrada triunfal llegué al altar donde el cura me esperaba, mi padre había desaparecido en algún momento. El sacerdote me miró en silencio, yo le devolví la mirada con la intención de que empezara la ceremonia. Se ve que el cura esperaba algo, se tomaba las manos y las rotaba una sobre la otra, también se tomó el vino que tenía a su derecha. La gente esperaba en silencio ¿Porqué no me casaba? Estaba ansiosa, era el momento más feliz de mi vida. El cura entendió que tenía que hacer algo, entonces tomó una corona de laureles de un santo que estaba por ahí, la colocó sobre mi tocado, me dio la hostia y le hizo una señal al coro para que comience su canto. Finalmente me bendijo: "hermanos, podemos ir en paz".


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