Thursday, December 02, 2004

¿Lo retiro? -preguntó, como preguntan los mozos de los lugares venidos a menos, sin ninguna intención de guardar las formas.

La estafa
Por Nicolás Sabuncuyán
De pronto, como si se hubieran puesto de acuerdo, tomaron sus maletines y se fueron. No había nada más que decir. La estafa había llegado a su exitoso fin, me habían dejado sin un peso. En realidad me quedaban algunos ahorros pero eso no atenuaba mi desesperación. Lo peor de una estafa es que la víctima termina siendo el responsable por ser un estúpido y no darse cuenta a tiempo.
Unas semanas después, la panera de un restaurante venido a menos me recordó un episodio de mi infancia. Mi padre me había pedido que lo ayudara en el trabajo, aunque en realidad no necesitaba un ayudante de cinco años. Como recompensa por mi conducta me invitó a almorzar. La encargada del lugar puso en mi plato la milanesa más grande que había visto en mi vida. Mi padre, como de costumbre, desarmó la mitad en unos cuantos polígonos irregulares. Habiendo llegado a mi límite natural, rechacé el resto de la milanesa. La encargada prometió guardarla para otra vez. En el momento no lo entendí como una broma, me parecía más que razonable guardar las sobras.
Al salir del lugar hostigué a mi padre con preguntas, quería saber cuándo volveríamos a ese lugar. Cuando la paciencia llegó a su límite natural me confesó que no volveríamos, al menos pronto, y que el destino de la media milanesa no sería el que yo esperaba, probablemente la tirarían a la basura. Me sentí estafado, por la encargada y por él: ¿por qué no me lo había dicho la primera vez que se lo había preguntado? Además, mi escala de valores se derrumbó: ¿qué había pasado con eso de que “la comida no se tira”? La moral se desvanecía del mundo como una nube de vapor.
Pero estos estafadores eran bien distintos a la encargada y a mi padre. Sus intenciones nunca habían sido divertirse o tratar de ocultarme alguna arista de la verdad de la vida. Sólo querían mi dinero, lo obtuvieron y se fueron, sin dejarme nada a cambio. En mi plato quedaba medio bife. Como aquella media milanesa que no comí y fue tan reveladora como el fruto prohibido. La comida que sobraba se tiraba. Lo más curioso era que mi papá la había pagado como si me la hubiera comido entera. Entonces pagaba por basura. ¿Por qué se quejaba cuando dejaba los pirulines por la mitad, y me lo recordaba cada vez que pedía uno? En esas cosas pensaba mientras mis ojitos se llenaban de lágrimas, las lágrimas de la verdad. La verdad que duele como la panza que me duele por la estafa y por la media milanesa que sí comí, menos mal que no me comí la otra mitad, habría muerto en la ignorancia.
Llamé al mozo y le pedí la cuenta. Miró de reojo mi plato:
―¿Lo retiro? ―preguntó como preguntan los mozos de los lugares venidos a menos, sin ninguna intención de guardar las formas.
―Guárdelo para la próxima.
El hombre sonrió y puso el plato en la bandeja. La luz había cambiado, habían encendido otro tubo, que se llenó inmediatamente de insectos. Los polígonos de milanesa me los había comido todos, como un hombre, había cumplido mi parte del pacto habitual, no había estropeado lo que no iba a comer. Y sin embargo…
De pronto, como si se hubieran puesto de acuerdo, tomaron sus maletines y se fueron. No había nada más que decir. La estafa había llegado a su exitoso fin, me habían dejado sin un peso. En realidad me quedaban algunos ahorros pero eso no atenuaba mi desesperación. Lo peor de una estafa es que la víctima termina siendo el responsable por ser un estúpido y no darse cuenta a tiempo.
Unas semanas después, la panera de un restaurante venido a menos me recordó un episodio de mi infancia. Mi padre me había pedido que lo ayudara en el trabajo, aunque en realidad no necesitaba un ayudante de cinco años. Como recompensa por mi conducta me invitó a almorzar. La encargada del lugar puso en mi plato la milanesa más grande que había visto en mi vida. Mi padre, como de costumbre, desarmó la mitad en unos cuantos polígonos irregulares. Habiendo llegado a mi límite natural, rechacé el resto de la milanesa. La encargada prometió guardarla para otra vez. En el momento no lo entendí como una broma, me parecía más que razonable guardar las sobras.
Al salir del lugar hostigué a mi padre con preguntas, quería saber cuándo volveríamos a ese lugar. Cuando la paciencia llegó a su límite natural me confesó que no volveríamos, al menos pronto, y que el destino de la media milanesa no sería el que yo esperaba, probablemente la tirarían a la basura. Me sentí estafado, por la encargada y por él: ¿por qué no me lo había dicho la primera vez que se lo había preguntado? Además, mi escala de valores se derrumbó: ¿qué había pasado con eso de que “la comida no se tira”? La moral se desvanecía del mundo como una nube de vapor.
Pero estos estafadores eran bien distintos a la encargada y a mi padre. Sus intenciones nunca habían sido divertirse o tratar de ocultarme alguna arista de la verdad de la vida. Sólo querían mi dinero, lo obtuvieron y se fueron, sin dejarme nada a cambio. En mi plato quedaba medio bife. Como aquella media milanesa que no comí y fue tan reveladora como el fruto prohibido. La comida que sobraba se tiraba. Lo más curioso era que mi papá la había pagado como si me la hubiera comido entera. Entonces pagaba por basura. ¿Por qué se quejaba cuando dejaba los pirulines por la mitad, y me lo recordaba cada vez que pedía uno? En esas cosas pensaba mientras mis ojitos se llenaban de lágrimas, las lágrimas de la verdad. La verdad que duele como la panza que me duele por la estafa y por la media milanesa que sí comí, menos mal que no me comí la otra mitad, habría muerto en la ignorancia.
Llamé al mozo y le pedí la cuenta. Miró de reojo mi plato:
―¿Lo retiro? ―preguntó como preguntan los mozos de los lugares venidos a menos, sin ninguna intención de guardar las formas.
―Guárdelo para la próxima.
El hombre sonrió y puso el plato en la bandeja. La luz había cambiado, habían encendido otro tubo, que se llenó inmediatamente de insectos. Los polígonos de milanesa me los había comido todos, como un hombre, había cumplido mi parte del pacto habitual, no había estropeado lo que no iba a comer. Y sin embargo…
La medusa
Por Ana Fouroulis
Ella era azul, tenía la ligereza de un cometa y sus filamentos relucían al ser iluminados por el sol del atardecer que se filtraba en el agua: brillantina que se convertía en más brillantina y dejaba una estela tras de sí. Así la soñaba yo, día tras día.
Hubiera deseado en cada sueño enredarme en sus tentáculos urticantes, hundirme en lo profundo de su gelatina espesa e introducirme en su boca ávida para ser devorado, no había visto nunca algo tan bello.
Era imposible resistir a sus encantos y cada noche me sumergía más tiempo en aquel mundo nuevo y hostil para volver al mío cuando llegaba la mañana. Durante la vigilia, lo único que deseaba era volver a verla. Aquella noche sería diferente, lo había decidido: quería gozarla para siempre y sin pausas. Cuando la vi aparecer, trémulo y ansioso, y la tomé entre mis manos, ella abrió enorme su boca y se metió en mi boca.
Ella era azul, tenía la ligereza de un cometa y sus filamentos relucían al ser iluminados por el sol del atardecer que se filtraba en el agua: brillantina que se convertía en más brillantina y dejaba una estela tras de sí. Así la soñaba yo, día tras día.
Hubiera deseado en cada sueño enredarme en sus tentáculos urticantes, hundirme en lo profundo de su gelatina espesa e introducirme en su boca ávida para ser devorado, no había visto nunca algo tan bello.
Era imposible resistir a sus encantos y cada noche me sumergía más tiempo en aquel mundo nuevo y hostil para volver al mío cuando llegaba la mañana. Durante la vigilia, lo único que deseaba era volver a verla. Aquella noche sería diferente, lo había decidido: quería gozarla para siempre y sin pausas. Cuando la vi aparecer, trémulo y ansioso, y la tomé entre mis manos, ella abrió enorme su boca y se metió en mi boca.

También había metido una botella de cerveza junto con el champagne, que no resistió la presión y explotó.

Mi verdulero místico
Por Catalina Llambías
Estaba en la esquina pintada de verde cotorra. Era mi verdulería, porque además de comprar las cosas en aquel lugar, obligadamente pasaba todas las mañanas con mis pantuflas cuando iba a comprar el diario. Su dueño se llamaba Rúben y yo siempre le decía: "Rúben, vos y tu negocio tienen mística". El verdulero era gordo, desaliñado y lo conocí cuando voluntariamente se ofreció para arreglar la cañería de mi casa que había explotado y estaba deteriorando la impecable pintura verde de su negocio. Posteriormente, Rúben comenzó a regalarme un ramillete de rúcula cada mañana, no hubo manera de hacerle entender que era alérgica a esas hojas y se ofendía cuando las rechazaba.
Era 31 de diciembre y estaba irreparablemente sola, a punto de deprimirme, cuando escuché un golpe en la cañería. Fue el de una botella de champagne, al mismo tiempo que sonó el timbre y era Rúben con su tradicional ramo de rúcula, con lo cual no pude evitar una seguidilla de estornudos. Esa noche armamos la mesa y brindamos por el nuevo año. Al tomar el champagne veo que había una hormiga encerrada en una burbuja. La tengo que tragar pensé, quien sabe si no tienen algún efecto terapéutico como el de los gorgojos. El problema es que la burbuja se rompió y la hormiguita se precipitó en el fondo, a medida que tomaba la iba viendo acercándose hasta que con el ultimo trago la tragué. Rúben, de regalo, me trajo un cuadro de su verdulería rozagantemente verde y lo colgué con un tenedor en la pared.
Habíamos terminado de comer, tenía un brownie que me había sobrado de la noche buena y lo usé de postre. Le corte una porción a Rúben, cuando lo mordió su dentadura postiza quedó solitaria anclada en la torta, me impresionó por que no parecía una persona anciana. Entonces me explicó que cuando era chico tropezó con la pierna de su hermano y cayó gritando con la boca abierta encima del piano arrancándose todos los dientes. Luego continuó: "fui a un supermercado japonés y un viejito, que estaba en la caja, me vendió unos dientes que tenía en un vaso; como no están hechos a medida, de vez en cuando se me salen, y a decir verdad, querida, tu brownie parece una piedra". Claro estaba que atacaba mi torta para reivindicar sus dientes ajenos. De golpe empezó a salir espuma de la cañería, lo que hizo que Rúben se acordara de que también había metido una botella de cerveza junto con el champagne, que no resistió la presión y explotó. Todas estas cosas son las que me gustan de Rúben.
Estaba en la esquina pintada de verde cotorra. Era mi verdulería, porque además de comprar las cosas en aquel lugar, obligadamente pasaba todas las mañanas con mis pantuflas cuando iba a comprar el diario. Su dueño se llamaba Rúben y yo siempre le decía: "Rúben, vos y tu negocio tienen mística". El verdulero era gordo, desaliñado y lo conocí cuando voluntariamente se ofreció para arreglar la cañería de mi casa que había explotado y estaba deteriorando la impecable pintura verde de su negocio. Posteriormente, Rúben comenzó a regalarme un ramillete de rúcula cada mañana, no hubo manera de hacerle entender que era alérgica a esas hojas y se ofendía cuando las rechazaba.
Era 31 de diciembre y estaba irreparablemente sola, a punto de deprimirme, cuando escuché un golpe en la cañería. Fue el de una botella de champagne, al mismo tiempo que sonó el timbre y era Rúben con su tradicional ramo de rúcula, con lo cual no pude evitar una seguidilla de estornudos. Esa noche armamos la mesa y brindamos por el nuevo año. Al tomar el champagne veo que había una hormiga encerrada en una burbuja. La tengo que tragar pensé, quien sabe si no tienen algún efecto terapéutico como el de los gorgojos. El problema es que la burbuja se rompió y la hormiguita se precipitó en el fondo, a medida que tomaba la iba viendo acercándose hasta que con el ultimo trago la tragué. Rúben, de regalo, me trajo un cuadro de su verdulería rozagantemente verde y lo colgué con un tenedor en la pared.
Habíamos terminado de comer, tenía un brownie que me había sobrado de la noche buena y lo usé de postre. Le corte una porción a Rúben, cuando lo mordió su dentadura postiza quedó solitaria anclada en la torta, me impresionó por que no parecía una persona anciana. Entonces me explicó que cuando era chico tropezó con la pierna de su hermano y cayó gritando con la boca abierta encima del piano arrancándose todos los dientes. Luego continuó: "fui a un supermercado japonés y un viejito, que estaba en la caja, me vendió unos dientes que tenía en un vaso; como no están hechos a medida, de vez en cuando se me salen, y a decir verdad, querida, tu brownie parece una piedra". Claro estaba que atacaba mi torta para reivindicar sus dientes ajenos. De golpe empezó a salir espuma de la cañería, lo que hizo que Rúben se acordara de que también había metido una botella de cerveza junto con el champagne, que no resistió la presión y explotó. Todas estas cosas son las que me gustan de Rúben.
Alfileres
Por Nicolás Sabuncuyán
Llegó sin demasiadas ilusiones, lo único que quería era sacarse el problema de la cabeza. Tanto le había insistido su amigo en que dejara un currículum en la editorial donde trabajaba que finalmente lo llevó. Miró el papelito antes de entrar, tratando de retener el nombre y el número de interno. Después de atravesar la puerta se hizo anunciar. La recepcionista le pidió que aguardara en los sillones, aunque estaban ocupados. Esperó cerca de uno hasta que el hombre al que había ido a ver apareció desde un pasillo largo y se presentó con un apretón de manos.
Pasaron a su oficina. El jefe de personal le pidió que le contase de sus primeros trabajos. Él no dijo toda la verdad, su primer trabajo había sido a los cinco años, juntando alfileres con un imán por debajo de la mesa de costura de su vecina. El pago era en especias: ella le permitía volver a tirar los alfileres para volver a juntarlos. Por supuesto que no podría mencionarlo, era una concepción del trabajo muy poco adecuada a los tiempos que corren.
El jefe le hizo otras preguntas que no tardó en responder, no porque supiera las respuestas sino porque no tenía ganas de pensarlas. Su amigo suponía que le estaba haciendo un gran favor y por ello debía comportarse, por lo que soportó la entrevista hasta el final. El hombre lo acompañó a la recepción. Vio un alfiler tirado en el piso y sintió deseos de agacharse a levantarlo. Ese sí era un trabajo digno, y su vecina nunca escamoteaba el pago, siempre lo dejaba volver a tirar la cantidad que quisiera. Lamentó no tener su antigua herramienta de trabajo, hubiera sido una ocasión ideal para demostrar su talento.
Repentinamente, sintió una mano que lo devolvió a la realidad. Era su amigo con una gran sonrisa. Lo invitó a conocer el depósito, su área de trabajo para poder conversar un rato. Le dijo palmeándolo mientras bajaban las escaleras caracol: ―Este es un trabajo ideal para vos. Él pensó que el único trabajo ideal que había conocido era el de juntar alfileres en la casa de su vecina a los cinco años. Cada vez lo hacía mejor, era intrépido como pocos en esa tarea. Sin embargo, asintió para darle el gusto.
Llegó sin demasiadas ilusiones, lo único que quería era sacarse el problema de la cabeza. Tanto le había insistido su amigo en que dejara un currículum en la editorial donde trabajaba que finalmente lo llevó. Miró el papelito antes de entrar, tratando de retener el nombre y el número de interno. Después de atravesar la puerta se hizo anunciar. La recepcionista le pidió que aguardara en los sillones, aunque estaban ocupados. Esperó cerca de uno hasta que el hombre al que había ido a ver apareció desde un pasillo largo y se presentó con un apretón de manos.
Pasaron a su oficina. El jefe de personal le pidió que le contase de sus primeros trabajos. Él no dijo toda la verdad, su primer trabajo había sido a los cinco años, juntando alfileres con un imán por debajo de la mesa de costura de su vecina. El pago era en especias: ella le permitía volver a tirar los alfileres para volver a juntarlos. Por supuesto que no podría mencionarlo, era una concepción del trabajo muy poco adecuada a los tiempos que corren.
El jefe le hizo otras preguntas que no tardó en responder, no porque supiera las respuestas sino porque no tenía ganas de pensarlas. Su amigo suponía que le estaba haciendo un gran favor y por ello debía comportarse, por lo que soportó la entrevista hasta el final. El hombre lo acompañó a la recepción. Vio un alfiler tirado en el piso y sintió deseos de agacharse a levantarlo. Ese sí era un trabajo digno, y su vecina nunca escamoteaba el pago, siempre lo dejaba volver a tirar la cantidad que quisiera. Lamentó no tener su antigua herramienta de trabajo, hubiera sido una ocasión ideal para demostrar su talento.
Repentinamente, sintió una mano que lo devolvió a la realidad. Era su amigo con una gran sonrisa. Lo invitó a conocer el depósito, su área de trabajo para poder conversar un rato. Le dijo palmeándolo mientras bajaban las escaleras caracol: ―Este es un trabajo ideal para vos. Él pensó que el único trabajo ideal que había conocido era el de juntar alfileres en la casa de su vecina a los cinco años. Cada vez lo hacía mejor, era intrépido como pocos en esa tarea. Sin embargo, asintió para darle el gusto.


