Thursday, September 30, 2004
El comensal
Por Nicolás Sabuncuyán
Se sentó en una mesa y esperó a que lo atendieran. No le gustaba llamar la atención, era muy reservado. Cuando algún familiar movía la antena para sintonizar mejor y le preguntaba cómo se veía, el respondía con voz casi imperceptible:―No estoy seguro. Su cuñado, partidario de los gritos, se quejaba de esa actitud. Sin embargo, sí le gustaba observar. De su cabeza salía un periscopio para captar los detalles de los demás. Trataba de estudiarlos y siempre los juzgaba. En ese restaurante, por ejemplo, la camarera le pareció excesivamente simpática y pensó que así como hay gente alérgica al polen él era alérgico a la simpatía. La muchacha lo hacía estornudar con sus ademanes sobreactuados y su irreverencia.
Cuando se le acercó a tomarle la orden, él le pidió el plato del día y el vino de la casa, sin preguntarle cuáles eran. De esta manera, evitaba cualquier explicación. Envidiaba a los esquimales del círculo polar quienes apenas abren la boca para decir lo justo. ― La saliva debería congelársele en la boca a ésta―pensó. Una vez hecho el pedido, se dirigió al baño. Probó con el picaporte pero no pudo abrir la puerta.
―¿Necesita la llave?―preguntó la moza.
No supo qué contestar. Con tal de no deberle ningún favor que la hiciera merecedora de una propina generosa, prefirió aguantar. Volvió en silencio a su asiento y, para olvidar el asunto, miró por la ventana cómo descargaban mercadería del acoplado de un camión. Esa visión duró poco, al instante llegó la comida. La camarera no había terminado de apoyarla cuando repitió:
―¿No quiere la llave?
El vértigo lo invadió, estaba atrapado y no podría eludir la cuestión de ninguna manera. Se limitó a negar con la cabeza. La joven, extrañada, volvió a sus asuntos.
Se detuvo en el perfil de una mujer sentada a pocas mesas. Su nariz era elegante pero su ropa le pareció digna del trópico, donde todos visten de un modo llamativo y licencioso, en parte por el calor. ―Parece un mamboretá con esos colores― supuso, ya que no sabía muy bien qué era un mamboretá pero le sonaba tropical. Además,¿quién podría contradecirlo. ¿Por qué una mujer a quien la naturaleza había dotado de una elegancia evidente, optaba por la más burda tilinguería? Era algo que jamás comprendería.
Sintió una ráfaga proveniente de su comida. La había olvidado por completo. Era pollo con papas al horno, por lo que entró en pánico. Es imposible comer pollo sin llamar la atención. Él prefería usar cualquier elemento, una vez lo comió con espátula, antes que comerlo con la mano. Sobretodo el ala, que desgraciadamente le había tocado. Ni siquiera intentó hacer malabares con los cubiertos. ― ¿Cuánto es? ― preguntó sin probar bocado. Puso el dinero en la mesa y salió como un relámpago. Por supuesto, no dejó propina.
Se sentó en una mesa y esperó a que lo atendieran. No le gustaba llamar la atención, era muy reservado. Cuando algún familiar movía la antena para sintonizar mejor y le preguntaba cómo se veía, el respondía con voz casi imperceptible:―No estoy seguro. Su cuñado, partidario de los gritos, se quejaba de esa actitud. Sin embargo, sí le gustaba observar. De su cabeza salía un periscopio para captar los detalles de los demás. Trataba de estudiarlos y siempre los juzgaba. En ese restaurante, por ejemplo, la camarera le pareció excesivamente simpática y pensó que así como hay gente alérgica al polen él era alérgico a la simpatía. La muchacha lo hacía estornudar con sus ademanes sobreactuados y su irreverencia.
Cuando se le acercó a tomarle la orden, él le pidió el plato del día y el vino de la casa, sin preguntarle cuáles eran. De esta manera, evitaba cualquier explicación. Envidiaba a los esquimales del círculo polar quienes apenas abren la boca para decir lo justo. ― La saliva debería congelársele en la boca a ésta―pensó. Una vez hecho el pedido, se dirigió al baño. Probó con el picaporte pero no pudo abrir la puerta.
―¿Necesita la llave?―preguntó la moza.
No supo qué contestar. Con tal de no deberle ningún favor que la hiciera merecedora de una propina generosa, prefirió aguantar. Volvió en silencio a su asiento y, para olvidar el asunto, miró por la ventana cómo descargaban mercadería del acoplado de un camión. Esa visión duró poco, al instante llegó la comida. La camarera no había terminado de apoyarla cuando repitió:
―¿No quiere la llave?
El vértigo lo invadió, estaba atrapado y no podría eludir la cuestión de ninguna manera. Se limitó a negar con la cabeza. La joven, extrañada, volvió a sus asuntos.
Se detuvo en el perfil de una mujer sentada a pocas mesas. Su nariz era elegante pero su ropa le pareció digna del trópico, donde todos visten de un modo llamativo y licencioso, en parte por el calor. ―Parece un mamboretá con esos colores― supuso, ya que no sabía muy bien qué era un mamboretá pero le sonaba tropical. Además,¿quién podría contradecirlo. ¿Por qué una mujer a quien la naturaleza había dotado de una elegancia evidente, optaba por la más burda tilinguería? Era algo que jamás comprendería.
Sintió una ráfaga proveniente de su comida. La había olvidado por completo. Era pollo con papas al horno, por lo que entró en pánico. Es imposible comer pollo sin llamar la atención. Él prefería usar cualquier elemento, una vez lo comió con espátula, antes que comerlo con la mano. Sobretodo el ala, que desgraciadamente le había tocado. Ni siquiera intentó hacer malabares con los cubiertos. ― ¿Cuánto es? ― preguntó sin probar bocado. Puso el dinero en la mesa y salió como un relámpago. Por supuesto, no dejó propina.
Saturday, September 18, 2004
Hasta que la muerte nos separe
Por: Catalina Llambías
Estaba en la puerta de la iglesia con mi vestido blanco. Era casi perfecto salvo las lentejuelas y el verde de la cola, me sentía una sirena. El pelo lo tenía atado de manera natural con un tocado de jazmines sin olor a jazmines del que salía una pluma naranja. Como había olvidado el ramo, mi padre, que estaba junto a mí, arrancó unos plantines que se lucían poco en el porche de la casa del cura.
La iglesia era la de mi pueblo pintada de color rosa y blanco manteca. Arriba estaba el campanario, sobre éste una cruz grande. Con mi padre esperábamos en el atrio cuando sonaron las campanas, él con su gesto característico, se acomodó el pelo disimulando el pasar de los años y me tomó la mano. Las puertas se abrieron de par en par, comenzamos a caminar por la alfombra colorada que marcaba el rumbo hacía el altar. Desde arriba cantaban el Ave María un conjunto de voces desafinadas, eran mis primas, que con toda su buena intención hacían lo que podían.
La iglesia parecía estar colmada. Estaban todos contentos porque ¡había un casamiento! Entre el montón de personas iba reconociendo caras. Del lado izquierdo estaban mis amigas, formando una escalera, ordenadas de menor a mayor, sonriendo. Mis hermanos menores, para los que el tiempo no había pasado, jugaban en el confesionario. También estaban mis amigas de la facultad: una con su sonrisa paradójica y sus ojos tristes y otra con sus cachetes regocijantes.
Emocionadísima después de la entrada triunfal llegué al altar donde el cura me esperaba, mi padre había desaparecido en algún momento. El sacerdote me miró en silencio, yo le devolví la mirada con la intención de que empezara la ceremonia. Se ve que el cura esperaba algo, se tomaba las manos y las rotaba una sobre la otra, también se tomó el vino que tenía a su derecha. La gente esperaba en silencio ¿Porqué no me casaba? Estaba ansiosa, era el momento más feliz de mi vida. El cura entendió que tenía que hacer algo, entonces tomó una corona de laureles de un santo que estaba por ahí, la colocó sobre mi tocado, me dio la hostia y le hizo una señal al coro para que comience su canto. Finalmente me bendijo: "hermanos, podemos ir en paz".
Estaba en la puerta de la iglesia con mi vestido blanco. Era casi perfecto salvo las lentejuelas y el verde de la cola, me sentía una sirena. El pelo lo tenía atado de manera natural con un tocado de jazmines sin olor a jazmines del que salía una pluma naranja. Como había olvidado el ramo, mi padre, que estaba junto a mí, arrancó unos plantines que se lucían poco en el porche de la casa del cura.
La iglesia era la de mi pueblo pintada de color rosa y blanco manteca. Arriba estaba el campanario, sobre éste una cruz grande. Con mi padre esperábamos en el atrio cuando sonaron las campanas, él con su gesto característico, se acomodó el pelo disimulando el pasar de los años y me tomó la mano. Las puertas se abrieron de par en par, comenzamos a caminar por la alfombra colorada que marcaba el rumbo hacía el altar. Desde arriba cantaban el Ave María un conjunto de voces desafinadas, eran mis primas, que con toda su buena intención hacían lo que podían.
La iglesia parecía estar colmada. Estaban todos contentos porque ¡había un casamiento! Entre el montón de personas iba reconociendo caras. Del lado izquierdo estaban mis amigas, formando una escalera, ordenadas de menor a mayor, sonriendo. Mis hermanos menores, para los que el tiempo no había pasado, jugaban en el confesionario. También estaban mis amigas de la facultad: una con su sonrisa paradójica y sus ojos tristes y otra con sus cachetes regocijantes.
Emocionadísima después de la entrada triunfal llegué al altar donde el cura me esperaba, mi padre había desaparecido en algún momento. El sacerdote me miró en silencio, yo le devolví la mirada con la intención de que empezara la ceremonia. Se ve que el cura esperaba algo, se tomaba las manos y las rotaba una sobre la otra, también se tomó el vino que tenía a su derecha. La gente esperaba en silencio ¿Porqué no me casaba? Estaba ansiosa, era el momento más feliz de mi vida. El cura entendió que tenía que hacer algo, entonces tomó una corona de laureles de un santo que estaba por ahí, la colocó sobre mi tocado, me dio la hostia y le hizo una señal al coro para que comience su canto. Finalmente me bendijo: "hermanos, podemos ir en paz".
Thursday, September 02, 2004
El insomne
(fragmento)
Por Nicolás Sabuncuyán
Estaba en una esquina, silbando Garufa, cuando vi una camioneta que transportaba una extraña carga. Unos maniquíes viajaban hacinados. Estaban vestidos con harapos, envueltos apenas en cartón corrugado y atados con cordeles. El grupo era heterogéneo: hombres, mujeres y niños de plástico se agolpaban promiscuamente. Sólo los ancianos estaban ausentes. Me acerqué a la puerta y golpeé la ventana que enmarcaba un rostro burdo, una mirada bovina, una camisa abierta, un cuello con pliegues. El chofer permanecía ajeno a la situación. Le grité, lo provoqué y lo insulté durante largo tiempo. Entonces, volteó la gruesa cabeza hacia mí:
― ¡A usted le parece, molestar a esta hora!
― ¿Puedo subir al camión? Algunos están incómodos.
Se rascó el pecho con fruición. Luego sacó un peine rojo de un cajón y me lo ofreció.
― Tome. ¡Y no se hable más del asunto!
Acepté el objeto y seguí caminando. Jugueteé un poco con el peine en la mano, pasando los dientes entre la uña y la carne del dedo gordo. Garufa, pucha que sos divertido. Después de un rato lo apreté con fuerza hasta el umbral del dolor. Luego de andar unas cuadras me detuve ante el jardín de un edificio. El lugar estaba bien cuidado, el pasto parejo me tentaba a pisarlo. Sin embargo, seguí el sendero de piedras lisas y atravesé el diminuto puente de madera, bajo el cual nadaban algunos peces. Sin soltar el peine, increpé al portero:
― ¿Me permite pasar al ascensor?
― Según, ¿a qué piso va?
― A los tres.
Miró fijamente el objeto en mi mano y sin hacer comentarios me abrió la puerta. El pasillo estaba plagado de llaves de luz innecesarias que se confundían con los timbres. Sólo un botón se distinguía a lo lejos, sólo uno captaba la atención de los presentes. Corrimos hacia él, sin la menor muestra de urbanidad. Importaba únicamente la ley del más fuerte. Las escaleras habían desaparecido, todos queríamos el ascensor. Nada de misericordia, empujones y patadas mal disimuladas me condujeron a la puerta de tijeras.
― ¿Sube? ― pregunté impaciente.
― Apenas, suba usted también, que el edificio es alto.
Nos apretamos un poco y entramos cinco. No quise continuar el diálogo. Saqué de mi pecho el peine, seguía tan rojo como antes. Lo blandí jactancioso y empecé a peinarme. Sólo pensaba en desenredar la madeja que salía de mi cabeza, estaba absolutamente compenetrado. De tanto en tanto volvía la mirada a mis compañeros pero ya no eran los mismos, se reemplazaban con una velocidad prodigiosa. La señora que volvía de hacer las compras se transformaba en un ejecutivo con un portafolios puntiagudo. El autómata de los auriculares en una joven lejanamente familiar. Mientras tanto, el ascensor alcanzaba alturas temibles, dudé de la existencia de un último piso. De todos modos, llegué al garage. Era un lugar desolador, un desierto gris interrumpido por columnas y manchas de grasa. Me sentía solo, como en el ascensor en el que había llegado. Intenté distraerme mirando autos pero no pude, no me interesan ni un poco, por lo que el camino se hacía más insoportable. ―¡Qué suerte los que no tienen auto!― pensé en voz alta ― Nunca vienen para acá.
Se me ocurrió que debía haber una canilla para lavarme las manos pero no hubo caso, cuanto más la buscaba más me perdía. Desanimado, me acerqué a la rampa, un invento interesante para los autos pero nefasto para el hombre. Fatigado y en cuclillas, comencé el ascenso. La pendiente se resistía, tres veces me caí, tres veces sentí que me desmayaba. Sólo me daba fuerzas pensar en la puerta de salida, en esa luz al final de la cuesta. Agotado, con las extremidades entumecidas y el corazón a puntos de explotar, la alcancé. Y al volver a tu casa de madrugada, decís... "Yo soy un rana fenomenal".
Me preparé el desayuno con algo de dificultad, quedaba sólo una cuchara de café y ninguna de las opciones, tomar un té o salir a comprar en el momento, me convencía. Hice lo que pude y después de anotar un papelito que tenía que comprar café abrí la puerta, tropecé con un balde que por suerte estaba vacío y subí al ascensor.
La gente casi no le presta atención al piso cuando se muda. A excepción de la planta baja y el último, el resto parece confundirse en una masa informe de pisos: vivir en el tercero es lo mismo que vivir en el quinto. Con el tiempo, en cada piso alguien se destaca y ahí sí es distinto ser "el del tercero" que ser "el del quinto". Sus vecinos de piso, los del tercero "A" o del quinto "B" sufren en las sombras, cuando suben al ascensor les preguntan: ― ¿A qué piso va?― y ellos contestan de mala gana―Al quinto― y por dentro sienten que estallan. Por eso, quizás, se inventó el tablero automático, gracias al cual el que sube toca su número y el ascensor va, sin que nadie se vea obligado a herir a nadie. Desgraciadamente el de mi edificio apenas cumple su función primitiva de subir y bajar, no sabe abrir las puertas, ni hablar, ni tiene ningún tipo de memoria.
Los pocos que se preocupan por el piso a la hora de mudarse lo hacen pensando en la posibilidad de que se corte la luz y no se pueda usar el ascensor. Yo me preocupo por lo que pasa cuando anda. A veces me inquieta pensar en el tiempo de vida que se me va, en esos minutos diarios que se nos van en subir y bajar que, sumados, me descontarán años de vida. Sin embargo, tengo la ventaja, de conocer lo bueno en lo malo, o lo bueno que sólo se conoce a través de lo malo. Pago gustoso el precio por esos instantes cotidianos dedicados a la reflexión, esos momentos en los que puedo mirarme al espejo y, mientras paso los dedos entre los botones con ritmo regular, entrar en una especie de trance. De tanto en tanto me distraen los carteles que demuestran las preocupaciones del consorcio por nuestra salud, de cómo intentan alejarnos del cigarrillo y nos obligan a pensar en nuestro peso. Los elevadores (casi todos sus nombres hacen alusión a la subida, aunque en rigor un ascensor que sólo fuera en un sentido sería un despropósito) me parecen vehículos fascinantes. Un conocido que se dedica a arreglarlos me dijo que también los llaman coches, aunque para mí son más como un aljibe de gente, sobre todo para quienes viven en pisos altos. Mi problema es la gente, odio tener la obligación de conversar con cualquiera (en un ascensor la variedad de personas es infinita). No es como en un viaje largo o una sala de espera, donde todos se encuentran en situaciones parecidas y con tiempo de sobra. Es por eso que me limito a saludar y continúo el recorrido con expresión de gravedad.
Como sea, la del cuarto se subió con una bolsa llena de ropa. No pude evitar mirarla, había vestidos raídos y camisas descoloridas, al menos en la superficie. Indignada por mi inspección, herida en su más íntimo orgullo, la cerró y me escupió sus palabras en la cara:
―Es para el portero―sentenció con resentimiento.
¡Y yo que había pensado que era la ropa que usaba y la llevaba a la terraza! ¿Ahora debería arrodillarme ante ese monumento a la solidaridad y rogarle por pensar mal de su guardarropa y su posición social? Definitivamente no lo haría. De todos modos le sonreí, me preocupaban los roces con mis vecinos. Para esa señora, y para todas las de su calaña, yo era "el divorciado del séptimo", que en su jerga significaba "el degenerado del séptimo".
Por Nicolás Sabuncuyán
Estaba en una esquina, silbando Garufa, cuando vi una camioneta que transportaba una extraña carga. Unos maniquíes viajaban hacinados. Estaban vestidos con harapos, envueltos apenas en cartón corrugado y atados con cordeles. El grupo era heterogéneo: hombres, mujeres y niños de plástico se agolpaban promiscuamente. Sólo los ancianos estaban ausentes. Me acerqué a la puerta y golpeé la ventana que enmarcaba un rostro burdo, una mirada bovina, una camisa abierta, un cuello con pliegues. El chofer permanecía ajeno a la situación. Le grité, lo provoqué y lo insulté durante largo tiempo. Entonces, volteó la gruesa cabeza hacia mí:
― ¡A usted le parece, molestar a esta hora!
― ¿Puedo subir al camión? Algunos están incómodos.
Se rascó el pecho con fruición. Luego sacó un peine rojo de un cajón y me lo ofreció.
― Tome. ¡Y no se hable más del asunto!
Acepté el objeto y seguí caminando. Jugueteé un poco con el peine en la mano, pasando los dientes entre la uña y la carne del dedo gordo. Garufa, pucha que sos divertido. Después de un rato lo apreté con fuerza hasta el umbral del dolor. Luego de andar unas cuadras me detuve ante el jardín de un edificio. El lugar estaba bien cuidado, el pasto parejo me tentaba a pisarlo. Sin embargo, seguí el sendero de piedras lisas y atravesé el diminuto puente de madera, bajo el cual nadaban algunos peces. Sin soltar el peine, increpé al portero:
― ¿Me permite pasar al ascensor?
― Según, ¿a qué piso va?
― A los tres.
Miró fijamente el objeto en mi mano y sin hacer comentarios me abrió la puerta. El pasillo estaba plagado de llaves de luz innecesarias que se confundían con los timbres. Sólo un botón se distinguía a lo lejos, sólo uno captaba la atención de los presentes. Corrimos hacia él, sin la menor muestra de urbanidad. Importaba únicamente la ley del más fuerte. Las escaleras habían desaparecido, todos queríamos el ascensor. Nada de misericordia, empujones y patadas mal disimuladas me condujeron a la puerta de tijeras.
― ¿Sube? ― pregunté impaciente.
― Apenas, suba usted también, que el edificio es alto.
Nos apretamos un poco y entramos cinco. No quise continuar el diálogo. Saqué de mi pecho el peine, seguía tan rojo como antes. Lo blandí jactancioso y empecé a peinarme. Sólo pensaba en desenredar la madeja que salía de mi cabeza, estaba absolutamente compenetrado. De tanto en tanto volvía la mirada a mis compañeros pero ya no eran los mismos, se reemplazaban con una velocidad prodigiosa. La señora que volvía de hacer las compras se transformaba en un ejecutivo con un portafolios puntiagudo. El autómata de los auriculares en una joven lejanamente familiar. Mientras tanto, el ascensor alcanzaba alturas temibles, dudé de la existencia de un último piso. De todos modos, llegué al garage. Era un lugar desolador, un desierto gris interrumpido por columnas y manchas de grasa. Me sentía solo, como en el ascensor en el que había llegado. Intenté distraerme mirando autos pero no pude, no me interesan ni un poco, por lo que el camino se hacía más insoportable. ―¡Qué suerte los que no tienen auto!― pensé en voz alta ― Nunca vienen para acá.
Se me ocurrió que debía haber una canilla para lavarme las manos pero no hubo caso, cuanto más la buscaba más me perdía. Desanimado, me acerqué a la rampa, un invento interesante para los autos pero nefasto para el hombre. Fatigado y en cuclillas, comencé el ascenso. La pendiente se resistía, tres veces me caí, tres veces sentí que me desmayaba. Sólo me daba fuerzas pensar en la puerta de salida, en esa luz al final de la cuesta. Agotado, con las extremidades entumecidas y el corazón a puntos de explotar, la alcancé. Y al volver a tu casa de madrugada, decís... "Yo soy un rana fenomenal".
Me preparé el desayuno con algo de dificultad, quedaba sólo una cuchara de café y ninguna de las opciones, tomar un té o salir a comprar en el momento, me convencía. Hice lo que pude y después de anotar un papelito que tenía que comprar café abrí la puerta, tropecé con un balde que por suerte estaba vacío y subí al ascensor.
La gente casi no le presta atención al piso cuando se muda. A excepción de la planta baja y el último, el resto parece confundirse en una masa informe de pisos: vivir en el tercero es lo mismo que vivir en el quinto. Con el tiempo, en cada piso alguien se destaca y ahí sí es distinto ser "el del tercero" que ser "el del quinto". Sus vecinos de piso, los del tercero "A" o del quinto "B" sufren en las sombras, cuando suben al ascensor les preguntan: ― ¿A qué piso va?― y ellos contestan de mala gana―Al quinto― y por dentro sienten que estallan. Por eso, quizás, se inventó el tablero automático, gracias al cual el que sube toca su número y el ascensor va, sin que nadie se vea obligado a herir a nadie. Desgraciadamente el de mi edificio apenas cumple su función primitiva de subir y bajar, no sabe abrir las puertas, ni hablar, ni tiene ningún tipo de memoria.
Los pocos que se preocupan por el piso a la hora de mudarse lo hacen pensando en la posibilidad de que se corte la luz y no se pueda usar el ascensor. Yo me preocupo por lo que pasa cuando anda. A veces me inquieta pensar en el tiempo de vida que se me va, en esos minutos diarios que se nos van en subir y bajar que, sumados, me descontarán años de vida. Sin embargo, tengo la ventaja, de conocer lo bueno en lo malo, o lo bueno que sólo se conoce a través de lo malo. Pago gustoso el precio por esos instantes cotidianos dedicados a la reflexión, esos momentos en los que puedo mirarme al espejo y, mientras paso los dedos entre los botones con ritmo regular, entrar en una especie de trance. De tanto en tanto me distraen los carteles que demuestran las preocupaciones del consorcio por nuestra salud, de cómo intentan alejarnos del cigarrillo y nos obligan a pensar en nuestro peso. Los elevadores (casi todos sus nombres hacen alusión a la subida, aunque en rigor un ascensor que sólo fuera en un sentido sería un despropósito) me parecen vehículos fascinantes. Un conocido que se dedica a arreglarlos me dijo que también los llaman coches, aunque para mí son más como un aljibe de gente, sobre todo para quienes viven en pisos altos. Mi problema es la gente, odio tener la obligación de conversar con cualquiera (en un ascensor la variedad de personas es infinita). No es como en un viaje largo o una sala de espera, donde todos se encuentran en situaciones parecidas y con tiempo de sobra. Es por eso que me limito a saludar y continúo el recorrido con expresión de gravedad.
Como sea, la del cuarto se subió con una bolsa llena de ropa. No pude evitar mirarla, había vestidos raídos y camisas descoloridas, al menos en la superficie. Indignada por mi inspección, herida en su más íntimo orgullo, la cerró y me escupió sus palabras en la cara:
―Es para el portero―sentenció con resentimiento.
¡Y yo que había pensado que era la ropa que usaba y la llevaba a la terraza! ¿Ahora debería arrodillarme ante ese monumento a la solidaridad y rogarle por pensar mal de su guardarropa y su posición social? Definitivamente no lo haría. De todos modos le sonreí, me preocupaban los roces con mis vecinos. Para esa señora, y para todas las de su calaña, yo era "el divorciado del séptimo", que en su jerga significaba "el degenerado del séptimo".




