Wednesday, June 16, 2004
Extramuros
Por Nicolás Sabuncuyán
Caminaba por la calle Avellaneda. Debían ser las siete de la tarde. Las sonrisas de los empleados me despertaban envidia; cerraban los negocios. Como todas las tardes, acomodan un poco, sacan a la vereda bolsas y cajas y luego salen uno por uno, hasta que el último toma la correa o activa la máquina y baja mis párpados, definitivamente cerrados, me entregaron al efímero pero impostergable sueño en un asiento del subte A. Soñaba con un trapecista cuando me despertó un chistido. ―Disculpe, señor, lo confundimos con mi hijo― me dijo una mujer de edad y ceguera avanzadas. Respondí con un gesto que no significaba nada, ¿quién sería capaz de contestar algo coherente? Cuando mi estación estaba por llegar me calcé la mochila ante la mirada de los pasajeros ávidos de ocupar mi lugar, avancé entre la multitud, tomé las manijas y abrí la boca, un poco más grande, ahí está― me pidió el dentista y sus ojos destilaban tanto sueño como los míos. Me asombré al ver que un pequeño tornillo sujetaba un pedazo de mi muela. Pensándolo bien, pasaba desapercibido entre el instrumental odontológico, más digno de un mecánico que de un médico. El sonido del torno me impedía escuchar los comentarios del dentista. Sin embargo, oí la cantidad de veces que debería volver. Pensé irritado: ? ¡Lo único que me falta envido! ― gritó un hombre en Plaza Miserere, y su aspecto era representativo de ese lugar, cada vez más sórdido a medida que avanza la noche. Entre cartoneros, prostitutas, pasajeros apresurados y vendedores de comida y baratijas un pastor intentaba ganar fieles para su iglesia cerca de unos faroles. En esas circunstancias me hubiera convertido a cualquier religión que me ofreciera una cama. De todos modos, no creo que haya logrado demasiado. Estábamos allí no tanto para escuchar su prédica sino porque buscábamos seguridad bajo la amarillenta luz de una bombita colgada del techo asistí una vez más al penoso espectáculo de un inmigrante oriental luchando contra el castellano. Por un poco de dinero tuve que oírlo descuartizar el idioma a lo largo de una hora. Para escapar de su voz monótona miraba cada cinco minutos el reloj despertador enorme, comparado con el resto de su especie, desencajaba en manos del muchacho que flameaba en el colectivo. Instintivamente me paralicé: el despertador es el enemigo natural del durmiente. Masoquistas por naturaleza, programamos desde la noche anterior al verdugo de nuestros sueños futuros. Si por error, o por piedad, no suena alguna mañana, nos enfurecemos con él y lo plagamos de insultos en lugar de agradecerle como es debido. Estaba seguro de que el artefacto cuadrado y espantoso comenzaría a chillar ni bien algún pasajero cabeceara. En esas cavilaciones estaba sumido cuando reconocí mi parada, toqué el timbre y me abrió la puerta una mujer con aspecto de tía de alguien. Mi compañero se demoraría un poco, así que yo podía esperarlo y sumarme a los festejos del cumpleaños de la Nona, que se iba a poner tan contenta de verme. Así terminé sentado en un incómodo banco, con un vaso de sidra caliente en la mano. Mientras intentaba elucidar a quién se parecía la anciana, un niño de tres años con las manos sucias me ofreció una galletita Sonrisas. ¿De qué se reiría?¿Acaso no conocía su inminente final? Los estoicos eran graves en su muerte; esta galletita no podía menos que reírse. En ese instante hubiera jurado que se reía de mí, la mordí y cayeron al suelo miles de pedazos de vidrio, posiblemente de una ventana, no lograron despertarlo al caer cerca de él. El linyera dormía profundamente en el escalón de un negocio abandonado. Su incontinencia había creado un inmundo paisaje. De los cartones que lo cubrían, semejantes en su forma a dos montañas, nacía un río de orina que atravesaba el valle de la vereda y se convertía en afluente de la zanja de pestilente agua caía a raudales del furioso cielo. Había elegido un mal día para olvidarme el paraguas, así que no tuve más alternativa que esperar a que mejorara la situación en uno de los escasos bares abiertos a esa hora. Era imposible determinar en qué coordenadas espacio-temporales se encontraba ese lugar. Algunos desayunaban, otros cenaban, un grupo jugaba al billar en el fondo, otros bebían ginebra en la barra. Yo era el único que no estaba a gusto, el único que miraba todo el tiempo la ventana, esperando poder salir. El mozo limpiaba mi mesa con un trapo rejilla sucio, sonrió con suficiencia, como los empleados de los negocios de la calle Avellaneda cuando cierran y se van a sus casas.
Caminaba por la calle Avellaneda. Debían ser las siete de la tarde. Las sonrisas de los empleados me despertaban envidia; cerraban los negocios. Como todas las tardes, acomodan un poco, sacan a la vereda bolsas y cajas y luego salen uno por uno, hasta que el último toma la correa o activa la máquina y baja mis párpados, definitivamente cerrados, me entregaron al efímero pero impostergable sueño en un asiento del subte A. Soñaba con un trapecista cuando me despertó un chistido. ―Disculpe, señor, lo confundimos con mi hijo― me dijo una mujer de edad y ceguera avanzadas. Respondí con un gesto que no significaba nada, ¿quién sería capaz de contestar algo coherente? Cuando mi estación estaba por llegar me calcé la mochila ante la mirada de los pasajeros ávidos de ocupar mi lugar, avancé entre la multitud, tomé las manijas y abrí la boca, un poco más grande, ahí está― me pidió el dentista y sus ojos destilaban tanto sueño como los míos. Me asombré al ver que un pequeño tornillo sujetaba un pedazo de mi muela. Pensándolo bien, pasaba desapercibido entre el instrumental odontológico, más digno de un mecánico que de un médico. El sonido del torno me impedía escuchar los comentarios del dentista. Sin embargo, oí la cantidad de veces que debería volver. Pensé irritado: ? ¡Lo único que me falta envido! ― gritó un hombre en Plaza Miserere, y su aspecto era representativo de ese lugar, cada vez más sórdido a medida que avanza la noche. Entre cartoneros, prostitutas, pasajeros apresurados y vendedores de comida y baratijas un pastor intentaba ganar fieles para su iglesia cerca de unos faroles. En esas circunstancias me hubiera convertido a cualquier religión que me ofreciera una cama. De todos modos, no creo que haya logrado demasiado. Estábamos allí no tanto para escuchar su prédica sino porque buscábamos seguridad bajo la amarillenta luz de una bombita colgada del techo asistí una vez más al penoso espectáculo de un inmigrante oriental luchando contra el castellano. Por un poco de dinero tuve que oírlo descuartizar el idioma a lo largo de una hora. Para escapar de su voz monótona miraba cada cinco minutos el reloj despertador enorme, comparado con el resto de su especie, desencajaba en manos del muchacho que flameaba en el colectivo. Instintivamente me paralicé: el despertador es el enemigo natural del durmiente. Masoquistas por naturaleza, programamos desde la noche anterior al verdugo de nuestros sueños futuros. Si por error, o por piedad, no suena alguna mañana, nos enfurecemos con él y lo plagamos de insultos en lugar de agradecerle como es debido. Estaba seguro de que el artefacto cuadrado y espantoso comenzaría a chillar ni bien algún pasajero cabeceara. En esas cavilaciones estaba sumido cuando reconocí mi parada, toqué el timbre y me abrió la puerta una mujer con aspecto de tía de alguien. Mi compañero se demoraría un poco, así que yo podía esperarlo y sumarme a los festejos del cumpleaños de la Nona, que se iba a poner tan contenta de verme. Así terminé sentado en un incómodo banco, con un vaso de sidra caliente en la mano. Mientras intentaba elucidar a quién se parecía la anciana, un niño de tres años con las manos sucias me ofreció una galletita Sonrisas. ¿De qué se reiría?¿Acaso no conocía su inminente final? Los estoicos eran graves en su muerte; esta galletita no podía menos que reírse. En ese instante hubiera jurado que se reía de mí, la mordí y cayeron al suelo miles de pedazos de vidrio, posiblemente de una ventana, no lograron despertarlo al caer cerca de él. El linyera dormía profundamente en el escalón de un negocio abandonado. Su incontinencia había creado un inmundo paisaje. De los cartones que lo cubrían, semejantes en su forma a dos montañas, nacía un río de orina que atravesaba el valle de la vereda y se convertía en afluente de la zanja de pestilente agua caía a raudales del furioso cielo. Había elegido un mal día para olvidarme el paraguas, así que no tuve más alternativa que esperar a que mejorara la situación en uno de los escasos bares abiertos a esa hora. Era imposible determinar en qué coordenadas espacio-temporales se encontraba ese lugar. Algunos desayunaban, otros cenaban, un grupo jugaba al billar en el fondo, otros bebían ginebra en la barra. Yo era el único que no estaba a gusto, el único que miraba todo el tiempo la ventana, esperando poder salir. El mozo limpiaba mi mesa con un trapo rejilla sucio, sonrió con suficiencia, como los empleados de los negocios de la calle Avellaneda cuando cierran y se van a sus casas.
