Tuesday, June 01, 2004
El palacio
Por Carmen Crouzeilles
Entré a un vestíbulo colosal. Mi amiga M. me esperaba y enseguida comenzamos la recorrida del palacio a través de largos pasillos profusamente decorados con bajorrelieves dorados a la hoja y lámparas de caireles que regaban caprichosamente la luz en mil reflejos resplandecientes. Con todo, la luz no lograba iluminar y resultaba más bien mortecina lo cual favorecía al ambiente en general, bastante raído, alfombras y cortinados tan suntuosos como descoloridos y picoteados por las polillas. La sensación general era la de un antiguo esplendor. Muy, muy antiguo.
Mi amiga caminaba adelante por un pasillo que podría haber sido el de un gran hotel del siglo pasado con puertas de habitaciones a ambos lados y a espacios regulares. Yo la seguía obediente, en la visita guiada. En cierto momento, ella eligió abrir una de esas puertas que conducía a una habitación fastuosa, la cama tenía doseles de seda y muchos flecos. La luz en la habitación era aún más mortecina que en el resto de la casa. Era su habitación. Salimos, y continuamos recorriendo el pasillo.
-Podés quedarte el tiempo que quieras -me dijo. Imaginate, ¿qué hago yo sola en esta casa? Hay tantas habitaciones, vamos a elegir una para vos, te voy a mostrar una del primer piso.
Llegamos entonces al pie de una escalinata con barandas de mármol rosado. La suntuosidad de la escalera era tal que, en lugar de estar alfombrada,cada escalón estaba acolchado con una gran almohada de color rosa. Los escalones tenían una altura inusual que, con el agregado de las almohadas, hacía bastante difícil la ascensión: tanta oferta de comodidad me hacía sentir terriblemente torpe, era realmente difícil pisar firme sobre almohadas y mantener al mismo tiempo la naturalidad de una acción trivial y una conversación simultáneas. Disimulando a duras penas el esfuerzo logramos llegar arriba.
Un nuevo pasillo equivalente al anterior se extendía en línea recta, con puertas repetidas a ambos lados. Mi amiga, que seguía encabezando la marcha, abrió una de ellas. Esta vez el ambiente era amplio y despejado y generosamente iluminado por la luz del día. La habitación no estaba vacía: un grupo de mujeres gordas, de avanzada edad, representaba una obra de teatro. Las señoras, vestidas con batones, no se ponían de acuerdo sobre algún tema e interrumpían a cada rato la representación para recriminarse unas a otras. "Es evidentemente un ensayo", pensé en seguida. Por lo bajo, mi amiga me explicó que había alquilado la habitación como sala de ensayo, como para meter gente en la casa, que estaba tan sola. Al rato, las gordas fueron saliendo, sin dejar de pelear, hablando todas a la vez. En la pared del fondo había un gran ventanal que ocupaba toda la pared, de allí provenía la luz. Pensé que mi amiga había sido generosa al elegir esta habitación para mí.
Por el ventanal se veía una perspectiva muy inusual del riachelo. El nivel del agua aceitosa, oscura y densa superaba en varios centímetros el marco inferior de la ventana, lo cual me hizo pensar en una enorme pecera casi vacía en un acuario abandonado; a la distancia, desde esa perspectiva rasante sobre la superficie del agua, se veían el puente viejo y los botes de remos que todavía transportan gente a la isla Maciel. "Entonces -pensé de inmediato- la planta baja del palacio está sumergida..."
-No te preocupes -dijo mi amiga. El vidrio es hermético, no entra el agua ni el mal olor.
Sobre la ventana, un vaporizador automático pulverizaba perfume a intervalos regulares.
Entré a un vestíbulo colosal. Mi amiga M. me esperaba y enseguida comenzamos la recorrida del palacio a través de largos pasillos profusamente decorados con bajorrelieves dorados a la hoja y lámparas de caireles que regaban caprichosamente la luz en mil reflejos resplandecientes. Con todo, la luz no lograba iluminar y resultaba más bien mortecina lo cual favorecía al ambiente en general, bastante raído, alfombras y cortinados tan suntuosos como descoloridos y picoteados por las polillas. La sensación general era la de un antiguo esplendor. Muy, muy antiguo.
Mi amiga caminaba adelante por un pasillo que podría haber sido el de un gran hotel del siglo pasado con puertas de habitaciones a ambos lados y a espacios regulares. Yo la seguía obediente, en la visita guiada. En cierto momento, ella eligió abrir una de esas puertas que conducía a una habitación fastuosa, la cama tenía doseles de seda y muchos flecos. La luz en la habitación era aún más mortecina que en el resto de la casa. Era su habitación. Salimos, y continuamos recorriendo el pasillo.
-Podés quedarte el tiempo que quieras -me dijo. Imaginate, ¿qué hago yo sola en esta casa? Hay tantas habitaciones, vamos a elegir una para vos, te voy a mostrar una del primer piso.
Llegamos entonces al pie de una escalinata con barandas de mármol rosado. La suntuosidad de la escalera era tal que, en lugar de estar alfombrada,cada escalón estaba acolchado con una gran almohada de color rosa. Los escalones tenían una altura inusual que, con el agregado de las almohadas, hacía bastante difícil la ascensión: tanta oferta de comodidad me hacía sentir terriblemente torpe, era realmente difícil pisar firme sobre almohadas y mantener al mismo tiempo la naturalidad de una acción trivial y una conversación simultáneas. Disimulando a duras penas el esfuerzo logramos llegar arriba.
Un nuevo pasillo equivalente al anterior se extendía en línea recta, con puertas repetidas a ambos lados. Mi amiga, que seguía encabezando la marcha, abrió una de ellas. Esta vez el ambiente era amplio y despejado y generosamente iluminado por la luz del día. La habitación no estaba vacía: un grupo de mujeres gordas, de avanzada edad, representaba una obra de teatro. Las señoras, vestidas con batones, no se ponían de acuerdo sobre algún tema e interrumpían a cada rato la representación para recriminarse unas a otras. "Es evidentemente un ensayo", pensé en seguida. Por lo bajo, mi amiga me explicó que había alquilado la habitación como sala de ensayo, como para meter gente en la casa, que estaba tan sola. Al rato, las gordas fueron saliendo, sin dejar de pelear, hablando todas a la vez. En la pared del fondo había un gran ventanal que ocupaba toda la pared, de allí provenía la luz. Pensé que mi amiga había sido generosa al elegir esta habitación para mí.
Por el ventanal se veía una perspectiva muy inusual del riachelo. El nivel del agua aceitosa, oscura y densa superaba en varios centímetros el marco inferior de la ventana, lo cual me hizo pensar en una enorme pecera casi vacía en un acuario abandonado; a la distancia, desde esa perspectiva rasante sobre la superficie del agua, se veían el puente viejo y los botes de remos que todavía transportan gente a la isla Maciel. "Entonces -pensé de inmediato- la planta baja del palacio está sumergida..."
-No te preocupes -dijo mi amiga. El vidrio es hermético, no entra el agua ni el mal olor.
Sobre la ventana, un vaporizador automático pulverizaba perfume a intervalos regulares.
